Para el anuario
28 de febrero de 1971
por JACQUES LACAN
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La Escuela de la que tan poco se duda que sea freudiana como de París, ha encontrado por fin su local.
Cualesquiera hayan sido los agentes en que tomó cuerpo lo que se opuso a ello durante seis años, hay que reconocer que no fue en detrimento de un solo grupo, sino a expensas de todos aquellos que se sostienen de una enseñanza, en Francia se entiende.
Hay emisiones impudentes, una pusilanimidad intelectual que, desde 1957, rebajaron su tono.
Lo que con ello consiguieron fue guardar las apariencias en la coyuntura presente.
Esto debería sugerir en el psicoanálisis cierto retorno a su asunto. ¿Se lo logrará?
Medio siglo después de que Freud lo dotase de su segunda tópica, nada se registra por obra suya más seguro que su turbadora persistencia.
Inflación notoria que, respaldándose en la época, hace más tentador lo verosímil que lo verídico.
Sin la base de una formación en la que el análisis se articula por un desplazamiento del discurso cuya acta Lacan levanta, nadie pasará allí a la tentativa contraria.
Cuando la dominación universitaria muestra necesidad de contentarse con nuestro menor semblante.
Todas las "esperanzas" estarán pues cómodas en otra parte que en nuestra Escuela.
Pero ahí encontrarían a aquellos a quienes diez años, ni dieciséis, ni dieciocho, parecieron negociables, de un trabajo gracias al cual hay psicoanalista todavía a la altura de lo que supone que se le haga signo: de lo que se sabe al menos.