Testimonio del Pase - XVII Jornadas de la EOL - 30.11.08
"La escritura, desde sus orígenes,
no es sino algo que se articula como hueso
del cual el lenguaje sería la carne[1]
(Lacan, El Seminario, Libro 18)
Para relatar un análisis que duró muchos años y dado que uno de sus efectos fue el olvido, solo pude contar con las sobras, vestigios que quedan de esa desaparición. Dado que los hilos son tenues, para dar textura establecí diferentes tiempos y un nombre para cada uno de ellos: biografía, biografagem, biografema. Este artificio puede imprimir una cierta linealidad al relato que no se corresponde con la experiencia, pautada por idas y venidas.
BIOGRAFIA: VIDA DESCRIPTA (Biografía: vida descrita[*])
Existía una condición indispensable para comenzar otro análisis: era necesario que el analista estuviera fuera, en otra ciudad, en otro lugar, extraño, no familiar. Llegué así a un analista que, además de estar en otra ciudad, venía de una larga estadía en el extranjero. "Extraño" fue así el significante que marcó la entrada en la transferencia.
Una vez más devastada por el amor, al comienzo era la angustia, no había verbo, ni predicado, ni sujeto. Cuando la angustia comienza a ceder lugar a las palabras, se inicia la primera etapa del análisis, biografía o vida descripta. Una palabra sobre lo que – supuestamente – ya estaba allí, un saber pre-escrito, sin saber que se hacía allí la historia de un cuerpo a partir de las coordenadas de goce. Para el analizante, era un saber incompleto, es decir, alojaba ignorancias que justificaban el dolor de existir; se dirigía entonces al analista, supuestamente lleno de saber, que iría a completar las fallas.
En este camino, el padre era el héroe, un ideal construido a partir de la palabra materna, apoyada en hechos fácticos que contribuían en gran medida a la fantasía de heroísmo. De un mundo donde solo los hombres se sentaban a la mesa, el padre pasó a la cabecera de una mesa solo de niñas, donde era servido, entre encantado e incómodo, por el universo femenino. Su deseo y temor era mantenerlas para siempre.
La madre, hasta que perdió el único hijo que no tuvo, hacía existir la relación y día tras día producía con papá-sabe-todo la familia feliz, vistiendo y desvistiendo a las niñas.
Un recuerdo infantil: a los diez años, sentada continuamente, sin una palabra, se dejaba caer sin red en un abismo ilimitado y sin sentido al lado de la cama de la madre, mortificada por la pérdida en el parto de su quinto hijo, el que sería su único hijo varón. Identificada al bebé muerto, la niña caía en el abismo del deseo de desaparecer.
El primer amor llevaba el apellido del padre, amor cortés donde ella ocupaba la posición de objeto supervalorizado. Identificada al objeto ideal, sostenía la bella imagen falicizada que encubría un cuerpo todo erotizado, por donde la pulsión corría sin límite y sin destino, produciendo un exceso de sexualización.
En un cuerpo así, donde las zonas erógenas estaban diseñadas por líneas frágiles e indefinidas, lugares sorprendentes se volvíam excitables y nada sucedía donde debía suceder. Los placeres preliminares funcionaban como una especie de sublimación, como una forma precaria de protección o mediación al goce genital vivido como amenaza a la integridad del cuerpo.
El segundo casamiento fue con alguien que, a pesar de no ser de la familia, era –"coincidentemente"- de la misma ciudad de la que provenía su padre y llevaba, una vez más, el mismo apellido.
No eran solo los significantes los que se repetían, después de escapar de la devastación, al encontrar una nueva pareja, le transmitía las coordenadas de su goce, concediendo así – cada vez – el modo de reproducirlas. Ahora ya no identificada al ideal sino al objeto del fantasma perverso, la sexualidad encuentra en el órgano su destino fálico.
Pero la identificación petrificante al objeto del fantasma masculino y el goce fálico no bastaban para recubrir el goce femenino que una vez más se transformaba en angustia.
Como observa Laurent[2], del lado femenino no existe la amenaza, a partir de la sustracción del tener, la mujer fabrica un plus[3]: frente al dilema en que se siente aprisionada entre una pura ausencia y una pura sensibilidad, la salida femenina se constituye por el amor a la falta y goza de ella, el goce de la privación. Con la privación, Lacan mostró un goce femenino antes situado en el registro del masoquismo.
Cuando la demanda en relación al padre subsiste y persiste, dirigida a sus sustitutos, acarrea lo que Freud llamó rigidez del carácter femenino, inhibición, y una cierta dificultad para la sublimación. No hay tampoco formación del superyó que prohíbe e instaura el deseo. La persistencia de la demanda deja a la mujer sometida a las exigencias sin límites de un otro real, el superyó muestra entonces su cara de imperativo de goce y se presenta como un Otro tiránico que ordena traspasar todas las barreras e ir más allá del placer, del dolor y del pudor, pura pulsión de muerte.
Objeto de goce, víctima, forzada por un Otro lleno de voluntad, y sometida a su gusto, daba consistencia al Otro. O exiliada del mundo, pareja de la soledad caída en un abismo infinito, identificada al vacío del objeto, dejaba prevalecer el deseo de muerte.
En esta primera vuelta, resalta un significante, un S1, "bella", significante de una identificación fálica que irá a contornear el sin límite de lo femenino, una especie de piel, un continente para lo que no se contenía. Bella frente a la mirada materna que la vestía, esa identificación se volvió el eje de la vida amorosa, tomando diferentes sentidos según la prevalencia del goce en cuestión. Si el significante "bella" tomó fuerza e importancia, fue justo porque venía a recubrir lo que le parecía feo. Si por un lado, recubría lo real de la carne y bajo el significante hacía erigir La mujer que se alojaba toda en el agujero del Otro, resultando en erotomanía histérica y seducción, por otro lado – al caer – se identificaba a la pura nada, devastada.
El significante esfuerzo surgía como indicio de la posición de privación y la interpretación del analista, al puntuar el desplazamiento de esforzada a ex-forzada, marca la entrada en un segundo tiempo.
BIOGRAFAGEM: VIDA DE ESCRITURA (Biografagem: vida de escrita)
La biografagem o vida de escritura es la escritura ficcional, que vela lo real, tanto en el sentido de esconder como de cuidar, propiciar su función sin causar horror. La separación entre S1 y a, alcanzada en la etapa anterior, más allá de los efectos terapéuticos, creó medios para la construcción del fantasma y una nueva experiencia libidinal, un nuevo amor. El trabajo en la clínica, después de pasar por un período de cuestionamiento que sacudió certezas y convicciones y una desidentificación con el objeto del fantasma, encontró en el deseo del analista su lugar en la práctica clínica. El tercer casamiento escribió otro nombre y otro lugar, el de causa.
Si en el primer tiempo había un saber pre-escrito, la biografagem viene a dar forma escrita a lo que no estaba allí. En esta etapa, el analista vino a ocupar un otro lugar. La expectativa de completud no se realiza, al contrario, en la brecha del sentido pasan a prevalecer trazos, marcas dispersas de goce que exigen una deducción de saber. El analista pierde en consistencia y pasa al lugar de operador lógico, es decir que, para deducir un saber, el analizante toma al analista como objeto fuera de él.
Esa operación permitió el surgimiento, en un sueño, del objeto purificado, desvinculado de cualquier interés sensible, fuera del drama histórico, con el cual el fantasma fue escrito: "un perro defecando un paté es mirado por un joven". Están en el sueño las diversas versiones del objeto: oral, anal, la mirada, el falo y el objeto de la fobia infantil.
El analizante habla y el analista corta. La interpretación es corte quirúrgico como observa Miller[4], por su precisión; pero contrariamente al acto médico, no apunta a extirpar el objeto para restaurar lo que antes estaba. El corte analítico es corte de escritura, que recorta lo palabreado, reduciéndolo a piezas sueltas que van depositándose sin ninguna disposición gramatical. Solo después, al reunirlas en una frase, el objeto resalta, se destaca.
La interpretación sin sentido del analista, "ese paté es usted", y el corte de sesión tuvo como efecto un deslizamiento de sentido. El significante "Paté", presente en el sueño es el nombre de goce encontrado en la posición de objeto para tener. La identificación al objeto anal indica, en la vertiente de goce, la posición en relación al Otro, tanto de retenida, objeto fálico precioso, como caída, objeto desechado y, en la vertiente significante, da un sentido cómico al "bella", es decir, "bella como una bella mierda".
El deslizamiento de sentido de patê a "pavê ("para ver"),"pacumê" ("para comer") encontró su límite en "patu" un significante nuevo, que no forma parte de la lengua materna, significante de la falta en el Otro S(/A), que trae en su interior tanto la posición antigua, "para todo", como la que indica un lugar nuevo, "pastout", no-toda, posición femenina. De no ser por no tenerlo, del "paté" al "patu", se revela lo real de la estructura femenina.
No existe ningún agujero real en el cuerpo, se trata de una construcción verbal que al ser descifrada en el cuerpo, hace agujeros que definen una superficie. Nombrar el goce tuvo como efecto la extracción del objeto que velaba el agujero y el cuerpo queda vaciado. La extracción produce una transposición del objeto en su función: de obstrucción, el objeto pasa a causa de deseo.
Identificada al objeto idealizado o al objeto perverso, la mujer se satisface en el goce fálico. La vagina no es una zona erotizada en la relación primordial con el Otro como ocurre en las zonas oral, anal y fálica, ella permanece desconocida y su descubrimiento exige una otra tarea. El agujero en el cuerpo de la mujer, como los otros, tampoco es natural pero además es inútil.
La transformación de la falta imaginaria en agujero erotizado resulta de una deducción lógica que proviene de la extracción del objeto y la confrontación con el agujero en el Otro, cuando la sexualidad se suelta de las zonas erógenas previstas en la organización infantil perversa polimorfa y da a la anatomía su destino erótico.
Verificar que me hacía un objeto para tener, hacer y suceder, para un supuesto goce del Otro, resultó en un cierto vaciamiento de mí, del yo y el desmoronamiento de un mundo entero en el cual me apoyaba. Sin apoyo, quedé a la deriva. El sinthoma al final del análisis juntará nuevamente simbólico, imaginario y real. Ese arreglo da un nuevo apoyo, una fixión plástica, sin fijación.
La mujer no existe y no es posible volverse mujer de una vez por todas, lo imposible no es eliminable, aun, una vez que un cierto cálculo fue realizado, ella puede encontrar cada vez un saber-hacer con eso (savoir y faire).
En el pasaje de la impotencia a lo imposible, ocurrieron cambios que dejaron marcas, que tuvieron como resultado des-inhibición y en una sorprendente alegría con las cosas simples de lo cotidiano. La angustia cedió lugar al deseo. Después de la construcción del fantasma, me sometí al pase a la entrada y me volví miembro de la Escuela. La Escuela que al comienzo era un Otro espeso al cual dirigía demandas, resentida e insatisfecha en la búsqueda de reconocimiento gratuito, pasa a ser cosa hecha, resultante de un trabajo permanente con lo real, exigido en la práctica clínica, de enseñanza y transmisión, y en las diversas instancias. Un deseo de mantener viva la práctica del psicoanálisis, puro, pero también aplicado. En el diván, pero también en la calle.
La función de la Escuela no está dada de antemano, es preciso que cada uno encuentre un modo propio de depositar su experiencia y de recoger de ese lugar común algo que pueda hacer continuar la existencia del psicoanálisis.
BIOGRAFEMA: ESCRITURA VIDA (Biografema: Escrita Vida)
Si en la biografía fue la proliferación de sentido y en la biografagem la ficción, en el tercer momento, el privilegio lo tiene la letra. Biografemas[5], para Barthes, son algunos pormenores, gustos, inflexiones de un sujeto disperso como las cenizas que se lanzan al viento después de la muerte, y pueden viajar sin destino y contagiar a algún cuerpo futuro destinado a la misma dispersión.
Escritura vida es la escritura en lo que la escritura tiene de cuerpo, invención sin imaginación. La vida toma el lugar de un adjetivo y deja de ser sustantivo como en los primeros momentos. Sustancia de la escritura pero en lo que la escritura tiene de cuerpo, dándose a ver en su dimensión materialmente sexual, "sexo a ser leído", como enseña la escritora portuguesa Gabriela Llansol[6]: "(...) nada se puede decir con el sexo, pero es con él que se dice, tal la hoja con el lápiz" ("nada se pode dizer com o sexo, mas é com ele que se diz, tal a folha com o lápis").
Diecisiete años de análisis y tres años después de concluir mis sesiones, sufrí una dura pérdida y volví a buscar al analista. En esa vuelta fue constatado que el trabajo en análisis se había concluido. El duelo fue entramado con los recursos resultantes de esa experiencia.
Recogido el material escrito en la soledad de aquél período: anotaciones dispersas, breves memoriales, fragmentos de poemas elegidos, pasajes garabateados en los libros, sueños, papeles sueltos repletos de impresiones, trazos, me dirigí al cartel del pase.
Al distinguir en el texto de Freud, el fin y el objeto de la pulsión, la intencionalidad del deseo y el objeto causa, Lacan nos presenta al cuerpo como una superficie moebiana, sin derecho ni revés, el objeto situado en el exterior y la satisfacción de la tendencia ligada a alguna cosa en el interior del cuerpo. El objeto externo se desliza hacia dentro y la finalidad es alcanzada en el propio cuerpo. Su finalidad interna continúa siendo la modificación corporal que es sentida como satisfacción: "idea de un interior que se sitúa en a, antes que el sujeto, en el lugar del Otro, se capta en la forma especular que introduce la distinción entre el yo y el no-yo. Es a ese exterior, lugar del objeto, anterior a cualquier interiorización, que pertenece la idea de causa"[7].
Esta topología se demuestra en el sueño que se produjo durante el dispositivo del pase:
"Atravieso mi cuerpo de un agujero a otro, meciéndome entre las entrañas, carne, sangre, bilis, excremento. Soy y estoy en el cuerpo. Ese cuerpo en pedazos es servido crudo en una bandeja. Soy despertada por un placer indescriptible, pura satisfacción sin sentido".
A pesar de apuntar a una ruptura del semblante y a un encuentro con lo real de la Cosa, se trata de un sueño y, como tal, es un artificio; no es posible el encuentro con el objeto real sin sucumbir. La crudeza del sueño, sin embargo, deja entrever una punta de real y la imposibilidad de una simbolización integral.
No se despierta jamás. Lacan, en un comentario sobre el deseo de muerte, nos dice que incluso en el despertar absoluto resta una parte de sueño que es justamente el sueño de despertar: Soñamos con lo que nos extrapola, por el hecho de que habitamos el lenguaje, y por habitarlo imaginamos que existe en lo real un saber absoluto y ansiamos confundirnos con ese saber que supuestamente sostiene el mundo, mundo que es solo un sueño de cada cuerpo[8].
En el sueño, no hay historia, ni línea, ni centro; el cuerpo de mujer sin consistencia, se desliza hacia adentro, y se vuelve banda[**], sin derecho ni revés. Quien está dentro y fuera no es el yo, no se trata de angustia o goce mortífero sino de una satisfacción en el cuerpo.
Esa satisfacción es encontrada cada vez que escribo en un lugar en el mundo, que hago de algo externo un objeto que se desliza hacia algún lugar en el interior y vuelve, un sinthoma que posibilita inscribir, cada vez, eso que está fuera. No me volví escritora, mi oficio es el psicoanálisis, una otra modalidad de tratar lo real. Lo que introduce al psicoanalista en la dimensión de la escritura es la lectura de lo que se escucha y el descubrimiento de lo que se escribe allí, cada vez.
Al final, el saber vuelve de revés, tal como nos sugiere la topología propuesta por Miller en "La invención de saber"[9] es decir que si antes estaba plena de saber pero con fallas, se vuelve de revés y el vacío, el no-saber, surge bajo el encuadre de la ignorancia.
Al final del análisis, el saber que está en juego es sobre ciertas evanescencias, mutaciones subjetivas, palabras que actuarán y producirán transformación. Se sabe sobre algo, pero precisamente este algo no existe más, como enseña Miller, no es un saber estable, de una verdad que se podría contemplar, pero sí de una verdad que se transforma. Es el saber sobre algo que desvaneció, y el procedimiento del pase tiende a convertir ese saber para sí en saber para el Otro, en un saber estable.
Un análisis, así como un poema, no es consuelo, redención o salvación, sino una chance de victoria sobre la desaparición, como propone Mallarmé con el concepto de transposición. Según Badiou[10], esa victoria es una apuesta y un trabajo. El objetivo de la transposición, tanto en el poema como en el análisis, decir lo que tiene que decir, y aquello que no se puede decir no es lo indecible, sino lo real del decir. La obra pura implica la desaparición del sujeto, como en el análisis hay un desvanecimiento de su ser.
Identificarse al sinthoma, a lo que hay de más propio, inmutable y singular, me responsabiliza también por las consecuencias de esta posición impar, es decir, sostener en la transmisión y en la práctica clínica lo que hay de incomparable, sin el apoyo de las identificaciones imaginarias.
Esto que resta de un análisis, exige un trabajo sin fin hasta el fin, pero contando con lo ya realizado. La vida continúa turbulenta, navego como puedo y a falta de un puerto seguro invento, cada vez, anclas. Vivir es impreciso, pero navegar es preciso, hasta el fin.
Buenos Aires, diciembre de 2008 |