World Association of Psychoalanysis

 

TRAS LA BARRERA

Angélica Marchesini


Efectos de un control en un momento de la cura de un psicótico.

".siente venir de alguna parte una orden, un movimiento determinado, y se lanza al viento y al sol. Cuando el animal está solo y tiene el espacio abierto en sus cuatro dimensiones, atraviesa por su cráneo un temblor enloquecedor; entonces se echa a correr desbocado, sin rumbo, se precipita en una tremenda libertad, tan vacía en una dirección como en otra.."

Extracto de: El hombre sin atributos. Robert Musil

Un día hallándose en su casa, de repente escucha el canto de su vecina. Comienza a correr hacia la puerta de al lado, la atraviesa y se arroja sobre la mujer. Detrás del sillón, lee sobre la pared un escrito que dice: "Hace el amor, y luego suicídate". Lo conocí luego de la internación que siguió a este suceso, el último de una cadena que ya sumaba otros siete antecedentes.

Una vez que pudo comenzar a hablar, relató en qué momento surgió cada uno de aquellos episodios y en qué circunstancias solían repetirse. Generalmente ocurre cuando le viene del Otro algo que le hace signo. En estos pormenores, se captaba la relación particular de este sujeto con lo forcluído. Detrás de cada mujer había una mirada, una voz, un canto, un gesto que se convertían en el inicio de los estragos que lo llevaban a abordar a una mujer.

Si bien él reconocía la desmesura de su acción, en esas ocasiones perdía de vista al mundo. El sujeto se extrañaba, pues decía: "La relación con la mujer es un accidente, nos cruzamos en un punto, y después se pierde la cabeza, me desoriento". Así, pues, afirmaba: "Veo una mujer y me lanzo al objetivo, no veo el panorama, me empecino". Después de todo, concluía : "Morir para hacer el amor no es una mala razón".

La situación se repetía una y otra vez, y era siempre la misma: se hallaba confrontado sin mediación a una mujer. Y apoyándose en su punto de certeza, se arrojaba sobre aquella, sencillamente porque "lo que le falta es sexo". Por su parte, el hombre pondera a la mujer: "es la diosa del amor -asevera-, y el hombre es un instrumento de la diosa". Ésa era la justificación con la que él se constituía en el instrumento para el goce del Otro.

El lazo a las mujeres era su punto de máxima vulnerabilidad: "Las mujeres son todo en mi vida", era su latiguillo. Y a la hora de definirse, afirmaba de sí mismo: "Soy nieto de franceses apuestos. Somos atractivos para el sexo opuesto".

La tendencia era al pasaje al acto, luego de la aparición de fenómenos elementales como efectos de la forclusión. En "De un discurso que no fuese del semblante" , Lacan sostiene que "el comportamiento sexual se diferencia de la apariencia animal, y se vehiculiza en un discurso". Pero puede suceder que "en lugar de tener la exquisita cortesía animal, a los hombres les sucede que violan a una mujer, o inversamente. En los límites del discurso, en tanto que se esfuerzan por sostener la misma apariencia, de tanto en tanto, aparece lo real, lo que se llama pasaje al acto".

En realidad, él nunca llegó al pleno ejercicio del acto sexual. Se trataba de un empuje, de una irrupción de eso hacia la muerte. Aún más: solía decir que "no sé hablarle de sexo a una mujer; me arrojo". Y en esto, nada lo detenía: habría que morir para hacer el amor. Ésa es la posición de goce de este hombre, que ofrenda su cuerpo.

Mi propuesta de posponer el tema de las mujeres fue infructuosa. Luego de un buen tiempo, apareció la erotomanía, frente a ese exceso de amor y goce, no podía recurrir a ningún significante mágico.

Asimismo, mi frialdad atenta no impedía que el hombre esté convencido de leer "te quiero" en el billete que le ofrecía al darle el vuelto, o de escuchar "mi querido" al dejarle un mensaje en su contestador por un cambio de horario solicitado. Por otro lado, llegaba a mi consultorio cantando, "como dice la canción, sos la mujer que quiero, bájate del cielo". Y en esas circunstancias, yo no hallaba la manera de refrenarlo: constataba que el significante no dominaba al goce.

Más aún, tratándose de un hombre de estas características, pensé en renunciar al propósito de seguir adelante. Consideré aconsejable una derivación. Una vez en el control, el analista controlador -en principio- no objetaba una posible derivación, pero, me hizo saber, que "sólo a partir de una mujer, éste hombre podrá hacer un trabajo". Esas palabras resonaron en mí con muchísima fuerza, y me condujeron a tomar la decisión de continuar. Tal como advierte Lacan en "El saber del psicoanalista", : "Si el analista es semblante, esto no le vuelve fácil, naturalmente, captar bien cuál es su posición".

Después del control, comprendí que tendría que formarme de la estrategia en este tratamiento, la cuestión era captar en qué lugar había que estar. En el momento de la erotomanía, retornaba aquel amor mortificante y dramático. La transferencia podrá motorizar la cura cuando en el analista sean articuladas las funciones de objeto de enamoramiento y objeto de goce. De esa forma se refiere Eric Laurent a la erotomanía de transferencia.

Aquel tiempo de dificultad ya indicaba que el sujeto había comenzado su trabajo. Este sujeto psicótico ponía de relieve muy claramente la particularidad de su transferencia psicótica. Cuando en una ocasión me dice "Sos de mi exclusividad. Sólo salgo a verte a vos", le respondo que "no pretenderá que sea de su exclusividad. Tengo otros pacientes". Así, cuando me plantea que me mira como mujer y se pregunta que habrá detrás de mi rostro, yo contesto "una mujer casada". Era innegable que todas sus aportaciones conducían a su referencia a la mujer.

Mientras guardaba en un cajón sin mirar sus cartas, sus regalos, sus flores, poco a poco, describe lo que él llama "un mecanismo de rebote". Por entonces, refiere tener la impresión de que ante mí aparecía un biombo. Más adelante, alude a una mampara de vidrio, a la que llamará, poco después, "la mampara del respeto". Al parecer, yo iba recobrando otro lugar, pero advertía que era un momento delicado. Mi esfuerzo de entonces era evitar quedar ubicada en un lugar especular, sin mediación alguna.

Este camino lo conducía a trabajar el retorno de lo real. El hombre comenzaba a darse una nueva respuesta. Y decía así: "No puedo sintonizarme con una mujer". O también "siento un cambio de decisiones, hay una barrera, es un parate".

El surgimiento de esa barrera lo fastidiaba. Y se decía irritado: "Necesito buscar soluciones, soy profesional, las encontraré". Eso lo lleva a recurrir a diversas disciplinas, entre ellas, la física. "Allí, la barrera puede tener al menos un punto vulnerable: está camuflado, pero si el camuflaje cae, queda descubierto el punto débil y puede atravesarse la barrera". De esa forma, concluye que "toda barrera tiene puntos débiles".

El hombre se esmeraba por encontrar la vulnerabilidad de la barrera, contrariamente, yo intervenía a favor de una barrera indestructible. Para entonces, ya había ido lejos con sus agresiones. Así despotrica: "Hay un freno, es mi enemigo, lo quiero aniquilar". Al tropezar con el obstáculo, el hombre lucha allí entre la erotomanía y la mencionada barrera.

Él extraía las consecuencias de su barrera. Pudo decir que "mi meta es la verdad, y mi traba es mi meta". Oscilaba, le resultaba inquietante que "la barrera controle la mente". Y, al mismo tiempo, advertía que ella lo protegía de la iniciativa del Otro. Así lo expresa: "ella permite que no me caiga al vacío". "Renunciar a las mujeres da alivio a mi existencia". En ese sentido, la cura produjo aquello que Miller denomina un cierto saber adquirido sobre lo forcluido. De allí que el hombre afirmara: "Tengo una falencia: no hay camino alternativo, no hay rodeo".

Pero a la vez se pregunta "si mi barrera está en la psiquis , ¿cómo puede estar adentro y afuera al mismo tiempo?" El establecimiento de la barrera está entre él y el objeto. Él lo describía así: "La barrera hace que no sea un animal. Me reeducó, hace que hable con los vecinos, con los ancianos, con los niños. Es mi guardián".

El sujeto emprendió un trabajo que fue interrumpido por dos momentos que provocaron una discontinuidad. Para mi sorpresa, fue durante el último tramo de mis dos embarazos. Así lo decía: "Estás en estado de madre. Así como el bebé tiene su placenta, yo tengo mi membrana. La barrera es un dique, pero hay tanta agua". Concluía: "Verte así, panzuda, me atropella, se viene en mi contra ". El hombre dejó atrás aquella desorientación una vez que mi cuerpo recobró sus formas habituales.

Durante años, el hombre hablaba en cada oportunidad de la barrera, que pasó a ser su único tema. La barrera quedaba cada vez más robustecida, y el efecto consecuente era un límite al goce al que estaba entregado. Su vida estaba íntimamente enlazada a la barrera, a la que terminó por llamar "la barrera DRD". La importancia es que estaba construida con sus iniciales. Él había observado que "la barrera es mi naturaleza, me juega de fantasma , es invisible para los otros, pero no para mí". Eso es lo que está permitiendo ubicar un sujeto, puesto que hay una mediación de la significación. Y ése es el lugar desde donde podrá empezar a escribir algo, ya que la construcción de la barrera será –quizás- la condición para una estabilización.

Entonces, unas palabras en el control, luego de largas vacilaciones, permitieron, de repente, arrojar mucha luz. Así, pues, resultó un momento decisivo, puesto que provocó un efecto impensado. Recuerdo aquel momento crítico en la cura de un sujeto psicótico, como un momento que, a la vez, es imborrable de mi práctica.

De la misma manera en la que él afirmaba que las mujeres -en su multiplicidad- eran todo en su vida, su certeza era: "ellas lo que quieren es gozar". Emerge un saber todo referido al goce del Otro, como consecuencia de la no extracción del objeto a. Él sabe, se trata de su saber conectado al goce, de la certeza de saber que el otro goza de él.

En el caso del psicótico, en análisis, según señala Lacan en L`etourdit, el lugar de la verdad está ocupado por lo real del saber. Ahora ¿si está fuera de discurso, cómo introducirlo al discurso analítico?. En el fuera de discurso, en el lugar de la verdad, lo que se presenta es lo real. El discurso analítico se articula mostrando que el a, para que haya analista, hace falta que la experiencia analítica lo traiga al lugar del agente.

La posibilidad del analista de ocupar el lugar conveniente, ha de estar articulada, a la estructura misma del saber en juego, no del inconsciente, sino del saber sobre el goce del Otro. Esto orientó mi práctica, me condujo a ocupar el lugar de semblante y tomar ese objeto por el cual el hombre era capaz de matarse.

La encarnación de un goce en un cuerpo permitió que él pudiera apelar a una suerte de barrera. O, lo que sería lo mismo, en términos de J.A.Miler, "la subjetivación de un límite". La construcción de la barrera, se produjo entre el objeto que lo empuja y él mismo. Y es allí donde se ubica, un significante que pasó a ser operativo, que se encuentra en el "entre", que quiere decir interposición.

Así, me vi llevada a acusar recibo, a tomar posición frente a ese real. Y de alguna manera, a hacerme responsable de su síntoma dentro de la cura. Era necesario ofrecer mi presencia, un aporte que permitió mi incorporación al síntoma del sujeto. De ello se desprende –y así lo señala Eric Laurent- que el analista, como garante del goce, facilitará la conducción en la cura del psicótico, gracias al síntoma.

El sujeto aún no ha encontrado un lugar en el mundo, y se lamenta, al decir que tiene que haber algún sitio para el". Nada en particular –como él dice- justifica su vida, que es monótona. "Ahora quiero salir de la inmovilidad, sin trascender las fronteras. Y cuando deje de respirar será porque la barrera dirá basta". Finalmente, cuando no viene a verme -según sus palabras-, la barrera funciona sola: "Ella está, piense o no en ella".

A propósito: en una oportunidad, según me comentó, se le acercó a una mujer en la calle para pedirle fuego. Y al mismo tiempo que la mujer le encendía el cigarrillo, le preguntó "¿Y qué me das a cambio?. El sujeto experimentó fenómenos corporales. Y los describió de esta forma: "Hubo un rebote, chocó con la barrera DRD, fue un golpe seco en el cuerpo. La vida me pone a prueba, me hace recorrer el límite de la barrera. No hubo accidente, sí un sacudón".

Justamente, he titulado a este trabajo "Tras la barrera". El "tras", es un sonido onomatopéyico, es una voz imitativa de un golpe ruidoso. Es decir que, ser golpeado por la barrera aparece como la contrapartida de la irrupción de goce. Por lo demás, el sujeto dice que ya he dejado de ser su bálsamo, asegura no estar enamorado de mí, pues me ve como "un hombre sin sexo". Ser un hombre sin sexo surge como una dimensión mas ajustada, ya que, el sexo esta tachado. En suma, pues, ser biológicamente mujer, un dato aparentemente insignificante, puede tener repercusiones incalculables, como las de llegar, incluso, a convertirme en un hombre sin sexo, o en aquel actor de R. Musil, un hombre sin atributos.