World Association of Psychoalanysis

 

La preparación del acto

Ricardo D. Seldes


Agradezco y comparto con ustedes mi alegría de participar en este evento, ya que asistir a la Jornada de la NEL me implica en una satisfacción que reconoce su causa en un deseo: ver convocados en un mismo ámbito a colegas con los que me une desde hace un tiempo, un trabajo de Escuela. Trabajo previo a la misma constitución de la Escuela Una, aunque con su espíritu, que avisoraba esta confluencia de perspectivas, de experiencias y por supuesto de orientación, la orientación lacaniana.

He partido de una causa y ahora debo hablar de un efecto, o de un número de efectos que aluden al tema que nos preocupa: la formación de los analistas y en particular a la práctica llamada "control". Mucho es lo que se ha hablado sobre este tema, y seguramente mucho nos quedará por decir acerca del uso del control, sus modalidades, sus fines, sus complicaciones, la buena o mala frecuencia en su utilización, la cantidad ideal de supervisores por practicante, la división o conjunción analista-supervisor. Podría agregar 10 o 15 temas más de interrogación y debate y cada uno seguramente encontrará en ustedes una resonancia que haría de ellos un verdadero punto de discusión. Pero atengámonos en principio al caso de que nuestras interrogaciones parten del hecho, consumado, de que la práctica del control es necesaria, así como lo es el análisis del analista y su formación en relación a los textos.

Estas preguntas son posibles cuando no hay un standard regulador, que por definición excluye la variedad de problemas. Cuando el analista debe observar lo que se llaman reglas técnicas, eso constituye per se las garantías del standard profesional, y también una seria garantía de instalación del aburrimiento en el corazón de la práctica. El aburrimiento es una dimensión que se produce en forma automática, porque el mismo orden de la comunicación no lo puede evitar. Cuando Lacan se refirió a este tema, planteó que a nivel de las enseñanzas, es esencial que quien desee hacer una transmisión tenga el arte de interesar a su auditorio. Y por supuesto que eso también depende del auditorio del que se trate.

Lo cual nos conduce a formular una primera impresión, y es que el estado de aburrimiento se produce en un sujeto cuando deja de ser apto para la sorpresa, para el asombro, cuando su deseo queda aplastado en la percepción dolorosa de la repetición, en la monótona significación de su fantasma, o narcotizado en la ritualización que le exigen sus prejuicios.

Estas reflexiones me prestan la oportunidad para mencionar el particular matiz que cobró una demanda de control de un practicante con casi 20 años de trabajo en una clínica freudo-kleiniana, quejándose del gran aburrimiento que le producía interpretar las mismas cosas a distintos pacientes. La decisión a encarar el "entramado lacaniano", lo llevaron a enfrentarse con las consecuencias de captar las diferencias entre el inconciente freudiano y el nuestro, y, después de algunas sorpresivas deducciones, replantearse la continuación de un análisis finalizado hacía algún tiempo con un alta, la cual se resignificó como un provisorio alto.

El practicante en cuestión se definía a sí mismo como un interpretante y el control tendió a seguirlo en sus movimientos, haciendo aparecer en el tiempo del relámpago lo que podía captar más allá de los límites del saber que portaba. La diferencia entre interpretar y comprender implicó un recorrido que trocó, provisoriamente, el aburrimiento en angustia, y le posibilitó captar la orientación hacia lo real que las resistencias sostenían.

Lacan ha planteado en el seminario Libro 2, dos peligros que pueden surgir en la aprehensión de nuestro dominio clínico, no ser lo suficientemente curiosos, como los niños lo son y comprender demasiado. Es muy gracioso lo que él dice allí, "Pensamos que podemos realizar una buena terapéutica analítica si tenemos dotes, si somos intuitivos, si tenemos chispa, si ponemos en práctica ese talento que cada cual despliega en la relación interpersonal. Nos quedamos sin brújula: no sabemos de dónde partimos ni a dónde queremos llegar." No comprender no implica solamente que no debemos dejarnos arrastrar por el sentido de lo que se dice, no es que debemos permanecer a distancia del sentido, que por supuesto siempre aparece, es que no sólo está en juego la suspensión del sentido sino que son los momentos en los que se percibe, en los que el analista percibe lo insólito de la experiencia analítica.

Podemos preguntarnos, con buenas razones, de donde obtiene el practicante su disposición a controlar. Eric Laurent ha planteado que el deseo de demandar un control proviene del interior mismo del discurso analítico, en un punto en el que se anudan deber y deseo. Es una afirmación que adquirió para mí un valor enigmático y, en el intento que me condujo a tratar de dilucidarla, me encontré reflexionando sobre mi propia experiencia en mi demanda de control.

Mi gran curiosidad por conocer los entretelones de un análisis, me llevaron a que compartiera un espacio de control aún antes de iniciar mi práctica analítica, aunque llevaba ya algunos años como psicoanalizante. Esta época, un poco voyeurista, produjo el beneficio secundario que cuando llegué a mi primera demanda de control, tuviera ya alguna idea de que era lo que buscaba. La gran diversidad de situaciones, los controles diferentes, más el olvido, han hecho que desee recortar una experiencia en la que creo captar lo que Laurent ha querido transmitir con esta idea: que el control es la oportunidad de asegurar que el analista no represente un obstáculo para el análisis, es decir verificar que el analista hace bien de semblante y si constituye o no, por sus prejuicios, un obstáculo a que el saber inconciente se registre en posición de verdad. Tenemos allí graficados los dos pisos del discurso analítico. Y a estas mis reflexiones, podría llamarlas la preparación del acto.

Ubico rápidamente la situación: Argentina con una inflación mensual que oscilaba entre el 10 y el 15 % mensual. Devaluaciones de la moneda cada día. El dinero le quemaba en las manos a quien lo tenía, ya que su valor se depreciaba sin parar. Cada mes se ajustaban los honorarios para que se mantuviera más o menos el mismo importe. Se le decía así "ajuste" porque no se trataba de un aumento. El aumento de honorarios como una intervención no existía excepto que alguien ajustara y aumentara. Lo curioso es que había una Secretaría del Ministerio de Economía que daba la cifra de los ajustes, "la indexación", lo que era un verdadero neologismo porque se trataba de la palabra que provenía del INDEC, instituto de estadística y censo, S1 que ponía orden y al mismo tiempo ordenaba gozar la regulación de la economía. Antes de que estallara lo que se llamó la hiperinflación, y a partir de un caso cuyas particularidades quedaron borradas, fui un día a mi control regular planteando las diversas razones que tenía para captar que la cuestión de la indexación me complicaba en mi posición como analista.

Fui pacientemente escuchado, con pocas pero precisas preguntas y al final de ese encuentro el control simplemente me dijo "no indexe más". El alivio que sentí fue enorme aún cuando yo sabía que eso no me daba una fórmula para poder vivir de mi trabajo normalmente. Y no se trató de que a partir de allí yo no "ajustara", sino que lo hacía según mi parecer, en cada caso, y en el momento que entendía la importancia de su oportunidad.

Reinstalado el efecto sorpresa en los pacientes, la decisión se demostró una anticipación de lo que luego, en mi análisis se ubicó como no consentir con la "indexación superyoica". Y cuando digo en una anticipación es porque lo que capté en mi práctica fue con una gran anterioridad a lo que pude hacer con lo que solemos llamar "el resto de mi vida".

Recuerdo claramente que en esa época quería entender el apotegma lacaniano, el analista se autoriza de sí mismo. Sabía que eso no quería decir de mi yo, de ser el amo del significante, sabía que Lacan había agregado que el sujeto solo se autoriza de si mismo y también de algunos otros, pero qué sentido darle para ese autorizarme cuando tampoco se trataba del sí mismo, del ser que el sujeto en su destitución, encuentra al final de su análisis.

Lo que pude saber, por experiencia, era que tampoco se trataba de autorizarse del Superyó, ya que sus exigencias suelen ser infinitas y colocan al practicante completamente del lado de sus identificaciones. La referencia a los textos de Lacan y las interpretaciones que leí en J-A. Miller fueron la orientación que me llevaron al planteo y la intervención del control. Al llegar la hiperinflación y el caos concomitante, ya estaba de vuelta de mi propia urgencia y pude sortear la situación, permitiendo que mis pacientes lo hicieran sin excesivos padecimientos para continuar con el análisis. El alivio obtenido por esa frase de mi control, lo entendí mucho más tarde: no se debió a una incitación a la libertad del analista en su operación (sabemos la complicación que desde esta perspectiva Lacan señala cuando se refiere a la poca libertad que tiene el analista al deber soportar la transferencia), sino a reabrir la dimensión del encuentro, de la contingencia, la de la fortuna. Su respuesta no fue homóloga a mi pregunta, aunque por supuesto la contemplaba, ya que el efecto inducido apuntó a que yo captara que lo único que uno puede hacer, es estar a la altura del acontecimiento, es decir mantener una ética que no sea una respuesta cliché, poder soportar enfrentarse a sus encuentros en un más allá de las respuestas comunes. Esa respuesta me produjo la misma proporción de alivio como de choque con una paradoja, si no aumentaba los honorarios no iba a poder vivir normalmente de mi trabajo.

Hace unos instantes he dicho que deseaba llamar a esta situación la preparación del acto. Lo he pensado en el terreno de lo que Freud ha ubicado como la preparación del chiste, ya que no es posible que produzca su efecto sin cierta sorpresa. Es lo que se presenta como extranjero al contenido inmediato de una frase, el contra-sentido y desde donde se desprende la dimensión del más allá de la comprensión. Es cierto que tal como lo recuerda Lacan se puede preparar un chiste con una historia larga o con una corta. Y si el chiste es exitoso, podemos confirmar que no hay preparación más hábil que esa. Los llamados ejercicios del Zen también precisan de una preparación, caso contrario las payasadas o clownerías de los maestros no tendrían el mínimo sentido.

Señalo entonces que así como con relación al lapsus del acto, el control sería el camino hacia una segunda oportunidad, es también el terreno en donde el acto se prepara, el león se entrena para el salto cuya oportunidad no se debe desperdiciar.

En el seminario 15, el del acto psicoanalítico Lacan se pregunta que pasa con el analista en sus actos de afirmación del analista, es decir lo que profesa cuando debe rendir cuenta especialmente de lo que ocurre para él, con ese estatuto del acto. Y su respuesta remite a que el analista debe soportar la transferencia asegurando la dimensión de la tercera persona, tal como en el chiste.

Otro ejemplo me permitirá ilustrar este decir. Un practicante en control se desesperaba con una analizante, psicóloga, que no se comprometía con el análisis, no le pagaba, faltaba, pedía descuento de honorarios. Soñaba con su paciente, tenía pesadillas... Se cuestionaba su posición en el discurso analítico, que por supuesto, se hacía extensivo a todos sus pacientes. El exceso en el que parecía quedar envuelto quedó delimitado cuando se le señaló que su analizante se estaba autorizando en el tratamiento para ejercer. A partir de allí se dilucidó el problema, le exigió el pago de honorarios y según su relato se disolvió la resistencia, que se duplicaba en el practicante en control en su difícil relación a la Escuela. Reubicándose en el agente del acto analítico, captó dos cosas:

1. que el sentimiento de culpa que la embargaba es lo que indicaba el punto de goce en que se asentaba lo real de la resistencia, y

2. que el control es una experiencia en la que el sujeto es puesto a prueba y donde se dirime su capacidad subjetiva de sostener el acto analítico. Que se implica en el propio análisis en el nudo en donde se verifica la corrección del deseo del analista.

De estas maneras comprendo también que J-A.Miller haya ubicado el control en el borde entre el análisis del analista y los saberes que lo alimentan, en el mismo punto en el que su propia práctica se lo solicita.

Concluimos con Lacan en su nota italiana cuando plantea que no hay analista a no ser que ese deseo le surja, es decir que ya por ahí sea el desecho de la humanidad, deseo que impide un sueño reposado, especialmente si se ha producido una vacilación en la posición.

Se trata de una vuelta más en el camino de circunscribir la causa de su horror al saber.