World Association of Psychoalanysis

 

Incidencias memorables, fuga de sentido y Escuela

Gabriela Dargenton

1- Introducción

Considerar que el caso que una experiencia analítica constituye, es más bien aquel que construye el analizante, nos ubica de entrada en la cuestión del pase: del pase situado como política de la cura, del pase en su nivel institucional, como también del pase en el tiempo en que este se dirige a la comunidad, es decir, la transmisión de sus resultados.

Cada uno de estos niveles sólo en el après-coup pueden pensarse articulados, pues hay siempre entre cada uno de ellos un hiato, un agujero, una escansión que hace que el tiempo por venir implique lo indecidible y, asimismo, ubique el régimen de la contingencia como su resorte fundamental. Recuerdo aquí la precisión que JAM nos hace (1): «En la dimensión de la investidura, encontramos necesariamente el tope de la contingencia. [...] Toda salida de la investidura (...) y por esta misma vía toda salida de la experiencia analítica [y agregaría aquí las «salidas» de la experiencia de la escuela que estamos examinando] de una manera conforme a su lógica, permanece marcada únicamente por lo posible (...) Dije particularmente que el pase nunca es más que posible».

Entonces, entre el hilo conductor situable après-coup y las discontinuidades que se ubican entre cada tiempo, se produce tanto el descompletamiento del anterior, como nuevos efectos desplazados del primero. Así, estamos autorizados a pensar que en el camino que va de la experiencia analítica al post-analítico, los efectos que se pueden verificar trasladan el lugar de la causa, del consultorio del analista a la Escuela y más allá de ella aun, a la comunidad internacional. El trecho es enorme y merece aquí considerar entonces las incidencias memorables que a cada escansión corresponde.

2- En la cura

Es habitual encontrarnos con analizantes, o aun analizados, que hablan de interpretaciones inolvidables. La enunciación que sostienen es variada y, según el tiempo de la cura, pueden ir desde el recubrimiento ideal en el que está ubicado el analista, hasta aquéllas que dan cuenta de su inconsistencia porque a su lugar vino la enunciación que interpreta al analista que ya no está entonces para enunciarla. Es la torsión que permite subjetivar, hacer ingresar lo que Lacan llama en L’etourdit «la intervención interpretativa mínima» (2): «yo no te lo hago decir, tu lo has dicho.»

Es el pasaje al acto de decir, a hablar en primera persona, a lo que Patrick Monribot llama «la asunción de la extimidad» (3) en el tiempo del pase clínico. Pero ¿de qué están hechas estas huellas memorables para el analizante? Seguir el hilo del síntoma desde la entrada hasta su núcleo duro de goce en su lazo al deseo del analista, es lo que nos permite situar el otro significante que acompaña la convocatoria de hoy: las incidencias. Es decir, aquello que nos permita descongelar lo que de Ideal pueda tener lo memorable, para ligarlo a lo que puede verificarse de transformación en la economía de goce por haber tocado algo de lo que allí se evitaba, lo real en juego.

Hay una diferencia entre «Funes, el memorioso», el cuento de Borges, y la posición a sostener contra la amnesia del acto que por estructura acecha al analizante, en la comunidad analítica, en el lazo a los analistas. El primero, sobrenombre con el que me nombraban chistosamente, cifraba la verdad de una garantía que imperativamente hacía consistir frente al desierto amnésico del padre, A toda costa debía garantizar por la verdad que creía obtener de la inscripción mnémica, el goce que obtenía del fantasma sacrificial ligado al padre. Como Funes, las rejas por las que miraba el pasado, sólo suscitaban el golpe contra el muro que lo absurdo de lo infalible de la verdad toda obtenía contando siempre lo mismo; porque ella, la verdad, es impotente y hermanita querida del goce. «En el abarrotado mundo de Funes –escribe Borges—no había sino detalles casi inmediatos, sospecho que no era muy capaz de pensar» (4). Es la distancia entre la ceguera de la verdad supuesta en el pasado y ex – sistir porque el saber pasa al acto.

La segunda posición, en cambio, opera a partir de saber que lo que no hay centra la estructura, y que si hay una garantía es esa misma, el S (A) que nos hace responsables de lo que hacemos al punto de que nadie lo hará en su lugar. Eso alivia, pero lleva la responsabilidad al límite de comprometer al cuerpo, advertida de no cerrar nunca la hiancia de la causa.

Si el síntoma es el hilo conductor que se introduce en el dispositivo analítico que, como dice JAM, «lo desnaturaliza» y lo produce también por esto mismo, las incidencias memorables se ubicarán en los puntos en que ellas han servido a que el síntoma cese de monologar, suelte algo de su goce idiota y se enlace al trabajo de la transferencia, pase al Otro.

Situaré brevemente estos puntos en mi experiencia, desde esta perspectiva: síntoma y goce en una clínica orientada hacia lo Real. En la entrada, la extracción de sentido se produce de manera simple, por un lapsus producido sobre el fondo de una inquietud silenciosa que el acto había puesto en marcha: no pagar y citarme infinidad de veces con intervalos variables. «Demando», dije, cuando quería quejarme de una maestra que angustiaba a mi hija. El síntoma que anudará hasta el final madre, cuerpo y superyó con su correlato al Otro sexo, abre allí la dimensión del «¿qué quiere decir?», con su necesaria operación de desciframiento.

La siguiente incidencia memorable ocurre luego de un acontecimiento del cuerpo que, bajo transferencia, ordena la lógica de un pasaje al acto –no logrado. Diré que esta incidencia tiene como efecto la creencia real, si puedo decirlo, en el inconsciente, no situada ya en el encadenamiento de significaciones, sino en el lazo cuerpo-palabra. El analista anuda en su intervención el objeto pulsional –encarnado en él—, con la explosión del cuerpo acontecida. Esta interpretación, en absoluto equívoca en sí misma, más vale apofántica y orientadora de un sentido que estaba fuera hasta el momento, el de la pulsión, tuvo sin embargo como incidencia mayor para los efectos de formación que vendrían, la resonancia de la palabra sobre el cuerpo que habla: la experiencia del pasaje del tratamiento del real en la ciencia, al real del psicoanálisis por la dimensión del cuerpo en juego en una experiencia analítica: la posibilidad misma de escuchar cómo la pulsión es palabra, cómo el cuerpo se inscribe en lo que se dice como huella de goce, la prudencia en la clínica que yo conducía y al mismo tiempo su imprescindible inclusión en el circuito transferencial, fueron algunos de los efectos de aquel saldo de saber producido por la fuga de sentido de aquella incidencia.

Dejo de lado las ya testimoniadas (5) incidencias del acto que sella el fin de la cura, para dirigirme a señalar que las palabras proferidas por el analista no en la última sesión, sino en lo que llamé el último encuentro, produce instantáneamente en mí la interpretación de un deseo enlazado a la Escuela, un nuevo giro pulsional que resuena en el pase como posible. Ese «sólo espero de usted esa escritura... ¡pero la espero, eh!?», en una enunciación viva contrastaba con «nuestras cuentas están saldadas» y la sanción de que era el fin. En esa nueva fuga de sentido, es que las contingencias que precipitan la decisión del pedido, se inscriben.

3- En el pase

Hay aquí que volver a situar dos escansiones con incidencias y efectos diferentes. Me refiero al pase como procedimiento institucional y al tercer tiempo que comienza después de la nominación.

El primero implica para el pasante un primer pasaje de lo privado a lo público. Aunque lo público está circunscripto por la clausura absoluta de la Escuela durante el procedimiento, para el pasante este cese de lo íntimo se demuestra en una elaboración que cuenta con el síntoma al que se redujo él por el recorte de la letra que fija la función. El síntoma se socializa, se colectiviza, pasa al Otro de la Escuela verificando su eficacia. El tapón que el plus de goce producía y que el fin del análisis evacua, permite no defenderse más frente al resto de extimidad que siempre el goce comporta: no-todo el goce es posible de nombrarlo. Desde esta perspectiva la transmisión a los pasadores, su posición y sus preguntas eventualmente, allí donde ningún saber es supuesto por el pasante, empujan la elaboración a partir de la extimidad de los dichos y un nuevo programa de trabajo se inscribe por la contingencia de esos encuentros. Es la apertura a este nuevo régimen lo que el pase permite demostrar por la elaboración misma. Vemos por qué, como lo dice JAM, «el pase no es el análisis» (6), y su estructura incide por el salto que implica en la transmisión, en el procesamiento del testimonio a la comunidad que, si fue sancionado con la nominación estará balizado indefectiblemente por esas incidencias memorables, ahora, de la Escuela.

En mi experiencia es preciso ubicar allí también, muy especialmente, el dictamen del cartel, pues abre la puerta al próximo salto. El es el último punto en el procedimiento en que la Escuela se pronuncia haciendo ingresar nuevamente la función éxtima en la economía subjetiva, orientando de forma para mí memorable, el pasaje a la comunidad. En una sintaxis simple, clara y precisa, supo la Escuela, en ese retorno del decir que es el dictamen, hacer resonar tres cuestiones:

1 «la Escuela espera de usted...», el sujeto-escuela me hacía saber que deseaba, que la causa del deseo se había relocalizado en un topos a partir del cual nuevos lazos podrían anudarse.

2 «El encuentro», significante que tildó la contingencia y por ende lo real deducido. No olvidemos que el amor responde a este régimen, antes de hacerse necesario. Como lo recordaba Eric Laurent el año pasado «un amor que sigue el camino pulsional que pasa por el Otro, no por el Ideal, sino por lo que el «a» tiene de inscripción en el Otro.»

3 «Decir lo real», la apuesta estaba hecha, quedaba saber bien-decirla.

Amor, síntoma y deseo de saber son los cordeles que se anudaron para la apertura a la Escuela.

Ya en el tercer tiempo, es la nominación lo que de inicio produce una incidencia tal que, como lo dice Lacan en R. S.I. (7) «Es ahí que la habladuría se anuda a algo de lo Real». El deber de «saber hacerse una conducta», de biendecir cada vez lo real en juego que no es pura denuncia, sino interpretación, decidirá la enunciación que cada A.E. sostenga en su lazo a la comunidad analítica, a la clínica y al psicoanálisis. Saber previamente cuál será la de cada uno es vano, incluso imposible, pues depende del tratamiento que cada uno haga contra el acecho siempre presente del sueño del sentido, pudiendo padecer de amnesia de lo que causa.

En la transmisión a la comunidad de cada trozo de saber entregado, retorna nuevamente lo éxtimo del decir, ya que este no se asienta tanto en la anticipación teórica de una ortopedia del pasaje de saber, sino en la invensión que liga el síntoma a la transmisión por la falla de saber.

Puedo decir que las incidencias memorables que la comunidad analítica ha inscripto en este trabajo aun en curso, son equivalentes a una escritura siempre reelaborada que no cesa y no cesará.

Córdoba, noviembre del 2001


Notas