World Association of Psychoalanysis

 

Presentación del libro Los signos del goce, curso de Jacques-Alain Miller

Jorge Aleman

 

A Hugo Freda, Germán García y David Yemal, quienes saben algo sobre lo que evocan estas palabras

 

Hace 34 años, el 24 de febrero de 1965, en el seminario del doctor Lacan, Jacques-Alain Miller decide tomar la palabra ante los psicoanalistas. Aquél joven de veintiún años asumía de entrada el problema de su lugar de enunciación. Sin rodeos surgían las preguntas; ¿cómo hablar ante los psicoanalistas sin ser uno de ellos, y aún más, cómo explicar la presencia de los psicoanalistas en su interés por escuchar a un no analista?. Sin duda, se trataba de resolver a la vez y en el mismo acto una cuestión de pertenencia y de pertinencia. Ahora, a la distancia, tal vez convenga sopesar el argumento a través del cual Miller ingresaba a la escena de la comunidad lacaniana. No apelaba a ninguna justificación personal, no se trataba de invocar las indudables "cualidades epistemológicas" del joven, incluso como él mismo lo afirmaba al comienzo de su intervención, y contra lo que era de esperar, no hablaba como filósofo. No era en un saber "previo" y "acreditado", donde se buscaban las razones que autorizasen a tomar la palabra, tampoco era el liberalismo del psicoanálisis, ni que el guardián de su puerta de entrada estuviese distraído, en este caso. Si Miller tomaba la palabra allí, era porque de algún modo ya habían tenido lugar un orden de razones que precisamente iban a permitir sostener su enunciación. Evidentemente, ese orden de razones había sido posible por la drástica intervención de la enseñanza de Jacques Lacan en la historia del psicoanálisis.

¿Por qué tomó todo un cariz tan decisivo, por qué no se trataba simplemente de una conferencia mas ofrecida por un no analista a los fines de ilustrar o esclarecer algún punto del psicoanálisis? El joven no pasaba por allí como uno más, mas bien deseaba establecer que su presencia obedecía a una razón de estructura argumentada del siguiente modo. Primero, el campo freudiano, dice Miller en aquella conferencia "no puede ser concebido como una superficie cerrada". En segundo término, el joven no puede ser arrojado al exterior a pesar de no estar situado en el interior, porque hay un punto, "excluido de una topología restringida a dos dimensiones, en donde estas se unen y la periferia atraviesa sus límites". De este modo, la conferencia titulada "La sutura. Elementos de lógica significante", era proferida desde un lugar, que ahora, en razón del propio Miller se ha vuelto evidente, a saber; la "extimidad". Desde ese lugar hablaba, y la atmósfera de su intervención, a pesar del tono decididamente lógico-argumental (sin ninguno de los impulsos retóricos que luego Miller aceptaría como necesarios en sus Cursos) presentaba una curiosa coincidencia entre lo tratado y el lugar desde el que se trataba la cosa. Ciertamente, la aparición encadenada de los siguientes términos: la exclusión del sujeto en la cadena del discurso, su denominado "exceso operante", la exterioridad que instituye lo inconsciente, lo uno de lo único, la unidad distintiva que Lacan designa "lo unario", las referencias al cero, el más radiante y extraño de los números, nacido entre los pliegues de las matemáticas hindúes y que los griegos por razones extraordinarias no conocieron. Toda esa serie de términos problematizados, más allá de su pertinencia teórica parecían aún definir con más precisión el lugar desde el cual hace treinta y cuatro años, habló ese día Jacques-Alain Miller. Hay veces, en donde lo tratado y el lugar desde donde se trata el asunto, comparecen en el comienzo de tal manera, que permiten con los años reconocer el primer anticipo, las primeras huellas, que luego la caravana del deseo irá surcando. En este aspecto, observar en el curso "Los signos del goce", el modo en que el sujeto tiende a reconocerse en el significante amo y no en el objeto (a), medir la distancia entre el sujeto dividido y el "parlÍtre", distinguir la diferencia entre la representación del sujeto y aquello que lo identifica hipostasiándolo en el ideal, nos puede dar una idea del trayecto, de la impronta clínica, del itinerario realizado a partir de aquellos años. Sin embargo, en aquél artículo, toma forma un rasgo típico en los procedimientos de lectura de Jacques-Alain Miller. El concepto de "sutura", que Jacques Lacan no ha enunciado explícitamente, pero que está "presente por doquier en su sistema", nombra la relación problemática del sujeto con la cadena del discurso. De ese modo, un término añadido por Miller, pero a su vez extraído de la lógica interna de la construcción de Lacan, permite organizar algo definitivamente distinto a parafrasear a Lacan a través de sus citas: a saber; organiza un problema.

He decidido tomar este punto de partida, para presentar el curso "Los signos del goce", señalando que una vez que Miller asumió efectivamente aquél punto de extimidad, los que hemos nacido al psicoanálisis en la adhesión a Lacan, tal vez por certidumbre anticipada o afinidad electiva, hemos asistido una y otra vez a los impactos, a las transformaciones y modulaciones de dicho punto de enunciación sobre nuestro modo de concebir el psicoanálisis. Aquél joven ya era entonces, la prefiguración, el presentimiento del psicoanalista de una nueva época. El primer psicoanalista de la época de Lacan, nacido en la frontera de un nuevo mundo histórico. Por ello esta marca inaugural es irreversible, aquél que desde afuera se hizo íntimo organizó por primera vez en la historia, una clínica lacaniana inteligible y transmisible, un orden de problemas con respecto a la práctica del psicoanálisis y su carácter épocal inédita, una imbricación entre los cambios axiomáticos en la enseñanza de Lacan y su correlato político de Escuela. En suma, en la medida en que su reflexión es la radicalización de la pregunta acerca de qué se entiende por ser lacaniano, era inevitable que semejante andadura llevase aparejada una transformación geopolítica de la extensión del nuevo psicoanálisis. La superficie abierta del Campo freudiano ha devenido a lo largo de los años, un juego tenso de "proximidades lejanas", nunca vistos en ninguna otra comunidad analítica, incluyendo en esto un decisivo cambio de "idiosincrasia" entre sus miembros. Así, celebrando la presentación de este curso, también celebramos que nuestra vida de practicantes del análisis ya no será nunca más la misma. Cuando uno sabe que, "el espíritu sopla donde quiere", no debe asustarse cuando "el espíritu está cerca nuestro", pero tampoco debe olvidar, que como Hegel ha dicho, "el espíritu es también un hueso". Por ello hemos pulsado cada uno de sus dichos, hemos intentado adivinar sus nuevos caminos, hemos evaluado una y otra vez nuestra posición como practicantes y miembros de una Escuela desde sus conclusiones, pero también hemos quedado suspendidos en la pendiente de sus preguntas. El esfuerzo de Miller, su trabajo sostenido, no solo ha sido un alivio, el dichoso remedio de luz frente al enigmático Lacan. Esa oposición tantas veces mencionada se revela como insuficiente, pues pretende desconocer el río de fuego con que la inquietud de Miller también ha tocado definitivamente las entrañas de la enseñanza de Lacan, y evita otra cuestión, otro desafío, ¿cómo hablar y escribir de Lacan, después de lo que Miller ha desplegado en estos años?, ¿cómo se puede ser su contemporáneo cuando se sabe que nunca es fácil la vida, al lado de quien ha vuelto a su estilo rabiosamente despierto?. Pero esta tarde se trata de "Los signos del goce", del cual quiero como un aprendiz de "atolondradicho", enumerar algunas de sus cuestiones centrales, proponiéndome insistir en el interés que este manual podría suscitar entre los "no analistas".

El psicoanálisis a través de Lacan construye a la Razón después de Freud. Esto quiere decir que el psicoanálisis supone una torsión con respecto a los límites de la Razón. Dicho de otra manera, el psicoanálisis es un diálogo ilustrado con la pulsión, o si se quiere, la Filosofía de las Luces más la invención lacaniana del objeto (a). Pero esta fórmula es solo válida si se admite de entrada que entonces la Razón, sus criterios y procedimientos, no quedan indemnes después de ese encuentro. El objeto (a) es una frontera entre el goce y el sentido, que la racionalidad moderna no puede incluir en sus diversas construcciones por distintas que sean sus formas de presentarse. De ese modo todo aquello que comparece en la experiencia siempre aporética del sujeto, debe ser tratado en la "conjunción y disyunción" entre él "sentido y el goce". Desde esta perspectiva, no debería haber ningún problema en admitir, al menos como una conjetura, un sistema "Lacan, Miller". Siempre que se entienda por sistema algo distinto a una integración definitiva de los elementos en una "totalidad" que sabe clausurarse a sí misma, a través de una "autoconciencia". Tampoco se trata del sistema, entendiendo por ello, una organización de enunciados presentados finalmente en su "coherencia formal y consistente". Indudablemente, estas versiones modernas del sistema expulsan, para poder constituir sus límites, a lo real imposible, y lo que es peor, ha inclinado a algunos filósofos, a responder a su fervor "antisistema", con gestos relativistas finalmente muy afines al pensamiento único de la globalización. Pero esto es inconcebible en la Razón después de Freud. La Razón después de Freud, implica que si hay un sistema, este sería el lugar donde se construyen, a través de distintas escansiones metodológicas, (que dejan siempre el contorno de un agujero), las diversas modalidades donde el goce y el sentido se citan en la conjunción y la disyunción. A su vez, podemos en este caso simpatizar con la palabra sistema, en la medida en que se admita que no se encuentra nada que permita jerarquizar al modo de la "escolástica" (la que se define por la dependencia vojuntaria en relación a la autoridad de un texto único) los enunciados de Lacan o Miller con respecto a la práctica del psicoanálisis. Lacan y Miller no se complementan el uno con el otro, mas bien constituyen el suplemento del que la practica del psicoanálisis y la política de Escuela dispone para elaborar sus aporías y el posible pase y recorrido de las mismas.

El manual de operaciones que ofrece el Curso "Los signos del goce" es un momento privilegiado de la elucidación del sistema porque despeja y ordena un cambio de axiomática en la enseñanza de Lacan, que este, tal como era su proceder, no había anunciado explicitamente. Pero lo que desearía hacer constar, intentando interesar a los no analistas en este Curso, y por tanto a los analistas que han decidido que siempre será necesario salvar la teoría, es recordar las consecuencias para el pensamiento cuando todo se intenta abordar desde el fenómeno del Sentido, algo que con frecuencia sucede en la filosofía actual. Sin ir más lejos, veamos la estela que han dejado las famosas "querellas del cogito". El afán de "deconstruir" al sujeto cartesiano, ha impulsado a distintos filósofos a intentar "recuperar" la cuestión de la subjetividad a través de problemáticas narrativas o gramaticales, o a través de la constitución de las "identidades sociales". Pero precisamente todas estas operaciones se sostienen unicamente en el campo del sentido. Por el contrario, el rasgo que siempre se presenta en este Curso, nunca es tratar el fenómeno que se nos da en la experiencia, exclusivamente en el campo del sentido.

Pasemos a enumerar las cuestiones centrales del curso:

a) La investigación sobre Plotino, la exegesis de sus lecturas, y sus procedimientos de reducción con vistas a que "el Intelecto sea capaz de despojarse de todo lo superfluo y verse a sí mismo";

b) Los alcances patológicos de la proposición leibziana, "Nada es sin Razón", cuando el neurótico hace de la misma una voluntad de justificación que se empeña en construir con la pobreza de su "falta de ser" su rasgo de distinción;

c) la cuestión de la obra de arte, cuando ella está inmersa en una época en donde más que "poner en obra la verdad", es un objeto que alberga y coloniza un goce "sin valor" y que exige ser pasado a la contabilidad del mercado;

e) el problema de la escritura vinculado a la letra del inconsciente en el Síntoma, que debería por fin moderar a aquellos derrideanos que repiten la cantilena del "inconsciente logocéntrico" que se olvida de la escritura.

Todos estos pasos, exigen las diversas articulaciones entre el sentido y el goce, que según Miller lo ha demostrado no pueden jamás reducirse a meramente dos términos simétricos y homogéneos. En esta orientación la Deconstrucción no necesita ser proclamada, ni elevada a condición de novedad del pensamiento, es suficiente con mostrar que lo "real imposible" de la experiencia analítica vaya siempre desestabilizando los conceptos, cambiando sus perspectivas y empujando siempre a invención de categorías que deciden sobre la orientación: Sutura, extimidad, semblante, insignia. Se entiende a su vez, que uno de los vectores del "Sistema" sea la "antifilosofía", lugar donde las categorias, (para impedir que el sistema gire hacia lo universal) son confrontadas a la contingencia de la época y su trama. Pero lo que Miller ha sabido mostrar en la historia del psicoanálisis de manera rotunda, es que de nada vale hacer proliferar conceptos que engrosen el "corpus" sin ninguna consecuencia. Por formal y elegante que sea una conclusión no decide nada sino pone a prueba al inconsciente y localiza, entonces, el modo particular en que el malestar de la civilización se cifra.

 


* Intervención realizada con motivo de la Presentación del Libro de Jacques-Alain Miller, "Los signos del goce", organizada por la Biblioteca del Campo Freudiano de Madrid en el Cirulo de Bellas Artes el día 20 de marzo de 1999.