World Association of Psychoalanysis

 

Un partenaire para la Escuela

Anna Aromí

 

I. Una pareja sintomática...

El psicoanálisis y el mundo, como toda pareja, es sintomática desde su
comienzo. Freud nunca ocultó las dificultades en hacer reconocer sus
descubrimentos tanto por sus propios alumnos como por las otras disciplinas,
y su empeño en inscribir al psicoanálisis en el discurso científico
testimonia de hasta qué punto ese apareamiento fue sintomático desde el
inicio. Basta recordar su famosa frase ante el Nuevo Mundo "no saben que les
traemos la peste" y el comentario de Lacan sobre esta anticipación freudiana
y su torsión: los apestados fueron los psicoanalistas y el psicoanálisis por
los efectos de la american way of live sobre ellos mismos.

No solo en esto que llamamos? en términos de la Proposición - el mundo no
hay nada que lo conduzca a interesarse a priori por el psicoanálisis (las
famosas resistencias de las hablaba Freud) sino que en los psicoanalistas
tampoco hay una pendiente natural a interesarse por él, al menos más allá de
lo necesario para reproducir su subsistencia. Entre el psicoanálisis y el
mundo hay una falta de relación, estructural, a la que el síntoma responde
en forma de malestar: toma formas diferentes, pero no deja de insisitir.
Mientras el malestar insiste, el psicoanálisis existe.

Freud y Lacan, cada uno a su modo, hicieron de punto de empalme con el Otro
de su época al que erigieron como interlocutor. Con su deseo creaban deseo,
interesándose en el otro creaban transferencia, con ellos la institución
analítica se vinculaba con el mundo. Esto lo hicieron desde una posición de
excepción, de la que podemos aprender y en la que nos podemos inspirar, pero
que no se puede imitar ("tomen ejemplo, pero no me imiten", decía Lacan).
Desde entonces cada analista, uno por uno, trata de sostener esta pareja
sintomática lo mejor que sabe con los significantes que ellos legaron.

 

II. En la época del Otro que no existe

La Escuela fue la solución de Lacan para que sirviera de empalme, para
aunar algo de lo que produce ese uno por uno. Pero la Escuela, como
colectivo organizado, lugar de gobierno del país analítico, es también a su
vez un mundo, que como toda institución se sostiene segregando un elemento.
Freud y Lacan ocuparon en diferentes formas y momentos este lugar de lo
segregado, de síntoma, para los que estaban en torno a ellos.

Pero a nosotros nos toca vivir la época en que se hace más patente la
inexistencia del Otro. La AMP es de la época del Otro que no existe, en el
sentido de la disolución de las figuras de autoridad y de sus efectos en lo
social, pero también porque no tenemos a Freud ni a Lacan en vida para
decirnos lo que conviene en el extravío del goce de nuestro tiempo, ni para
ocupar esa función de síntoma que suple la falta estructural de relación
entre el psicoanálisis y el mundo. En ese sentido, somos huérfanos del Otro.

Por eso, a falta de ellos mismos, es importante seguir una orientación. La
orientación lacaniana nos resulta impresdindible, no como una "dirección",
sino porque mediante la transferencia de trabajo pone en juego la
transmisión del deseo. Y toda transmisión contiene un punto de real que hay
que preservar para que el proceso continúe. Como recordaba Celso Renno en
Barcelona, lo que hemos heredado aún hemos de conquistarlo.

Para cada analizante, el destino de caída del SsS no implica una
liquidación, un punto cero de la transferencia. Corre de cuenta de cada uno
lo que haga con su resto de transferencia, al servicio de qué causa lo ponga
y el uso que le dé. Pero hay que saber que este uso tiene consecuencias en
el propio sujeto y en los efectos que producirá en el Otro. Entonces, la
cuestión es qué lazo va a quedar con los otros después del final del
análisis, porque de todos modos, caído el SsS, habrá que elegir y erigir un
Otro conveniente para un nuevo tipo de transferencia, algo que contenga un
agalma capaz de causar deseo. Y cuando a la transferencia le falta la
vitalidad del agalma es cuando se abren las puertas de lo peor: se le llame
desconfianza o burocratización, cobardía o cinismo, significantes que no han
faltado en la crisis que hemos atravesado.

En este punto actualizamos lo que Freud llamaba lo imposible. Imposible en
el sentido de que cada discurso se forma en su modo de cernir un punto de
goce, de imposible, toda vez que lo produce. Y aquí no hay un saber que
indique qué hacer cada vez para no equivocarse. Cada discurso está habitado
por un punto de real, un indecidible, y en su modo de entenderlo y de
tratarlo se pone en juego la dimensión ética, electiva, de la política como
tal.

Se trata entonces de pensar no solo la transmisión que queremos efectuar
sino la ya producida, recogiendo sus restos, perdiendo la esperanza de que
el Otro cambie su forma de gozar para que cada psicoanalista pueda decir
algo. Quizá haya que poner aquí en juego esa "generosidad" que recordaba
Miquel Bassols: no la que se le pide al Otro o que el Otro puede conceder,
sino la que cada uno puede darse a sí mismo. O, como decía Lacan, dar sin
calcular.

 

III. Un partenaire para la Escuela

El partenaire para la Escuela no lo inventará el Otro, se inventa en la
Escuela misma. Y se hace -en parte- poniendo en circulación nuevos
significantes, cualesquiera, para ofrecer al mundo -el interior y el
exterior- el señuelo de un nuevo SsS.

Por ejemplo, el CIEN. Fue un significante que inventó y propuso
Jacques-Alain Miller para impulsar y acoger un nuevo tipo de iniciativas
relacionadas la infancia y que ha tenido suertes diversas según los lugares
del país analítico en los que se ha puesto en marcha. Servirá de breve
ilustración, presentada en los tres momentos lógicos del aserto temporal
lacaniano, la experiencia de coordinación con Hebe Tizio y Violeta Núñez, de
un laboratorio de investigación del CIEN sobre las conexiones entre
psicoanálisis y pedagogía en el que participan mayoritariamente
profesionales de disciplinas diversas.

He de decir que el nivel de compromiso y de entusiasmo que el grupo
sostiene desde hace tres años, la allegresse y el placer por un trabajo que
no "pesa", son su rasgo particular, y es lo que ha hecho que me interrogue
por cómo se anudó la transferencia para los participantes y qué tipo de SsS
se puso en juego.

Instante de ver

Retroactivamente, he podido pensar que se trató de dejar ver una escena
poco común, hasta cierto punto inédita: una posición analitica definida por
aquello de lo que se priva: la interpretación. En ningún momento se ha
tratado de añadir sentido a lo que plantean, ni de superponer el saber
analítico a los otros saberes: no se les critica, no se les enseña. Si
acaso, se enseña lo que de todos modos queda al descubierto, el deseo que
anima a cada cual a participar y las marcas particulares de una transmisión
que ha producido un estilo en cada uno. Este momento de ver es como un
ofrecerse al mundo para que, como la lata de sardinas, su reflejo nos
indique que aunque no ve, puede mirarnos.

En todo caso, el trabajo revitaliza los lazos asociativos, las ganas de
saber, el placer de pensar... Aparece lo importante del psicoanálisis: su
valor. Vale en tanto que sirve. Sin embargo, no se trata de demostrarlo sino
de poner las condiciones de posibilidad, el marco de la experiencia, para
que cada uno encuentre su modo de entender y saque consecuencias de ello.

Tiempo de comprender

Al revés que en la crítica o la enseñanza, desde el comienzo se trata de
interesarse por lo que se dice y lo se hace en cada caso, en singular, para
tratar de cernir aquello que está en causa y que llamamos lo real. Lo
difícil es pensar qué puede aportar cada caso al psicoanálisis y no al
contrario; tan difícil como la práctica clínica, porque no hay tiempo de
pensarlo antes, es algo que se piensa mientras se va haciendo, con los
otros, confiando en que algo nuevo saldrá de todo eso...

Pensar en lo ya sabido es fácil, pero para lo nuevo uno apuesta, hace lo
que cree conveniente... y confía. No es una confianza ciega, es una
confianza advertida: de que no hay que desear lo imposible pero también de
lo posible de los semblantes.

Momento de concluir

Después viene el tiempo para concluir sobre el cómo y el porqué, lo que
fueron sus condiciones y lo que son sus posibilidades. Es el momento en el
que se actualiza cada vez la anticipación de esa apuesta con la que
empezamos el juego.

Es un juego con el Otro, como dice Lacan en el Seminario IV, en el que
quien pierde, gana. Perder en el ideal, perder en el narcisismo
psicoanalítico, perder en la exactitud, en un cierto tipo rigor... todo lo
que sería la "pureza" psicoanalítica... para ganar en el empalme ?de nuevo,
la Proposición- en una transferencia que permita ir levantando los
semblantes que convienen a nuestro tiempo.

En la época que Hebe Tizio califica de "renovación de la experiencia
inaugural de la Escuela", hay una torsión a producir para dar vida a un
nuevo estilo de transferencia, que sería una transferencia sostenida en el
Otro que no existe pero del que subsisten nuevos semblantes, nuevos saberes
y nuevas formas de gozar.

Que los psicoanalistas seamos huérfanos del Otro, no nos impide, al
contrario, llevar la marca de su nombre. Pero mantener lo vivo de esa marca,
el deseo que la produjo, es la parte de responsabilidad de cada uno en hacer
existir al psicoanálisis, tanto en la participación institucional como en la
práctica clínica, tanto en la intensión como en la extensión.