World Association of Psychoalanysis

 

En compañia de nada

Horacio Casté

 

Desde que Lacan afirmara que la anoréxica come nada se la tiende a vincular casi exclusivamente con la oralidad. Esto sin duda es debido a que es el paradigma del objeto simbólico y que surge como tal en aquella fase en que el juego de la presencia y la ausencia es central. Objeto cuyo estatuto describe Lacan a partir de la función del amor.

En esa perspectiva no hay que confundir lo que la anoréxica come con aquello a que el sujeto se identifica, porque al negarse a desaparecer como deseo y mediante la construcción de ese síntoma, restablece el lugar de la nada en un movimiento que apunta al Otro para descompletarlo y poder así alojarse en ese vacío.

La nada no se limita a una versión de lo oral. También tiene una relación fundamental con aquello en que el sujeto localiza su ser, con algo que caerá en el tiempo precedente de su constitución como sujeto del significante. Por eso Lacan la incluye en la lista de objetos de la pulsión, y cuando nos remontamos a ese tiempo nos podemos enfrentar a la desaparición del sujeto, pero no ya como consecuencia del efecto mortificante del significante, sino porque el goce pasa a dominar la escena, un goce que no tiene relación alguna con el Otro.

Por lo tanto es necesario explorarla desde esa perspectiva ya que las consecuencias de la incidencia de ese objeto peculiar en su articulación con el sujeto son extensas y van más allá del ámbito de la oralidad, dando lugar a manifestaciones sintomáticas cuyo diagnóstico es importante para distinguirlas, por ejemplo, de ciertos aspectos de la melancolía con los que podrían confundirse.

La dificultad que implica la pertinaz fijación al goce, me ha llevado a exponer el tema mediante algunos elementos centrales de un análisis de lo que podría llamarse, como se verá, una anorexia bajo transferencia. De hecho se trata de un caso de histeria, una mujer, profesional exitosa, que consulta a causa de repentinas y violentas crisis de angustia, aunque la cura se desarrollará en torno a una escena que pasará a ser el "leiv motiv" del análisis.

 

S1-S2

Ahora la que pasó a llamarse la escena de la escalera, se trata de un recuerdo muy temprano. Su madre estaba por salir, ella le pide que la lleve y obtiene la siguiente respuesta: puedes quedarte aquí, sola, o ir a casa de los vecinos. La niña elige quedarse, pero cuando la madre se va, permanece al lado de la puerta hasta su regreso, es ese punto preciso lo que motiva el relato, porque su actitud le resulta incomprensible. En ese momento intervengo diciendo: «usted eligió». Esas palabras produjeron un efecto de restitución subjetiva que ella misma reconoce al ver que nunca había caído en la cuenta de ello y que se tradujo, por lo demás, en un cambio total en la temática de su discurso.

Comienza a hablar de su familia, su padre es un tirano, sus curiosos caprichos deben respetarse a rajatabla. La madre es una mártir, que siempre aceptó todos sus sufrimientos por sus hijas, hasta aceptaba que el padre tuviera otra mujer con quien incluso tenía hijos. La paciente, con sus buenos oficios, se granjeó la función de intermediaria y atemperadora de las verdaderamente peligrosas iras del padre, con quien logró mantener siempre una relación mutuamente respetuosa.

La posibilidad de analizar esa escena le revela cómo a partir de allí se constituye el rasgo que la caracteriza, sensata, comedida, responsable, mediadora, con la capacidad de decisión que su madre le atribuyera. Un rasgo que desde el discurso de la madre aparece como el S1 a partir del cual se desplegará el sentido que desde ese momento comienza a desvelarse. Su papel en la escena edípica se le hace transparente: reverente deudora de la madre sacrificada, se sitúa en una posición de seducción con una actitud de mujer humilde y desposeída de todo, una actitud que raya a veces con el masoquismo frente al padre, pero sostenida por su identificación fálica como mujer exitosa en lo social.

 

S1

La escena de la escalera no es más que lo que hubiera podido inscribirse como una típica demanda de amor, ya que ir o no ir con la madre hubiera podido ser indiferente, si hubiera recibido una respuesta adecuada. Pero aunque produjo el efecto contrario, esa respuesta demuestra también la relación que existe entre el objeto de amor y la nada. Podría haber recibido algo que hiciera signo de amor, algo que le permitiera representrarse como faltando a la madre, ya que es en el lugar del Otro donde adquiere sentido la demanda, pero en lugar de eso recibe nada. Recibe una respuesta que la confronta a una opción que es completamente ajena a su demanda, recibe verdaderamente nada pero envuelta en un enunciado que pasará a ser relevante para su posición subjetiva.

Después del relato el primer efecto que constata fue que, durante una temporada, necesitó ir a la playa para calmarse en las largas noches de insomnio angustioso que pasaba. Iba a un sitio desde donde divisaba una pequeña roca que aparecía y desaparecía bajo las olas, en una sorprendente reedición del Fort Da.

¿Por qué se le hace imprescindible recuperar esa práctica infantil en que se constituye el objeto como simbólico, del que el objeto de amor es su mejor exponente, si no es por su imperiosa necesidad de reconstruirlo?

La elección que hizo ante la opción alienante a que la confrontó la madre, como en todo neurótico fue la del sentido. Sabemos que el precio de la alienación es la represión de lo que se instaura en ese momento como sujeto del significante, un vacío, puesto que el sujeto allí se desvanece, desaparece bajo lo que lo representa. Para esta mujer, al flaquear su identificación, esa nada pasará a tomar una consistencia especial.

Volvamos a la escena de la escalera, ahora se interroga por su reacción y la explicación llega cuando ve cuál fue su verdadera elección, lo comprende más de treinta años después. No fue ni quedarse en casa ni ir a la de los vecinos, se quedó inmóvil en la puerta. Su elección, que ahora se hace efectiva y por lo tanto manifiesta sus consecuencias, fue decir no.

 

a

Este "no" dicho ante el Otro, a la cadena significante en tanto niega sus opciones, se revela como fundamental para la constitución de la posición subjetiva. Es el no de la operación de separación en la que el sujeto, mediante el rechazo del significante impuesto, queda como objeto. El objeto consistente que él es allí, en este caso, nada.

El reconocimiento de su elección, que comporta la caída de la identificación en la que el sujeto se sostiene, produce un colapso de lo simbólico. Así esta mujer, de la misma forma que lo que le ocurrió en aquella escena, verdaderamente traumática, queda ahora reducida a lo que es allí como real.

Esta circunstancia nos permite ver la doble vertiente del objeto, como causa del deseo por un lado y como objeto de goce presente en la satisfacción pulsional por otro. En la función misma del significante está implícito que al designar al objeto, lo hace desaparecer, así el sujeto nace como vacío y de esa falta surge el deseo. Pero de esta operación queda un resto. En eso que Lacan en algún momento llama lo vivo es donde el sujeto encuentra su ser, no ya como lo que lo representa, sino como lo que es. Pero al mismo tiempo se establece ese modo de satisfacción llamada pulsión. El goce es ese resto vivo en que el sujeto queda fijado. Un goce que no tiene ninguna relación con el Otro.

 

S

Esa doble vertiente del objeto no tardó en manifestarse en la clínica. En el aspecto propiamente sintomático la paciente se volvió anoréxica, pero a pesar de que ello es evidente no expresa ninguna preocupación, esta aparece únicamente en los comentarios de sus allegados. Solo la hará suya cuando la disminución de peso es excesiva, baja de los 40 kilos. En este sentido ella se sustrae realmente como objeto para provocar la falta en el Otro y poder alojarse allí. Por eso no es extraño que se sienta culpable puesto que la culpa es el correlato de poner en juego su falta en ser, es decir su estar en defecto respecto a la madre. Vale la pena agregar que su amor se trastoca cada vez más evidentemente en odio, pero eso no la alivia de la pena de ver que no fue querida.

Pero las pérdidas no se limitan a los kilos. Poco a poco se produce un goteo que incluye su trabajo, su compañero que después de años de convivencia la deja repentinamente, hasta su perro que un día al llegar a casa encuentra que se había fugado. Su sentimiento de tristeza va aumentando, como la sensación de estar detenida sin poder reaccionar. Su queja, expresada con una voz que llega a ser un hilo, es cada vez más lastimosa.

Me interesa destacar estos detalles para distinguirlos de las típicas manifestaciones melancólicas. Esa queja, esa pena, esa culpa, nada tienen que ver con las producidas por la identificación al objeto perdido, cuya sombra, como dice Freud, cae sobre el Yo. No se trata en este caso del objeto perdido, sino del sustraído, ella misma, para reintroducir la función del objeto simbólico en su relación con el Otro.

Pero el problema se manifiesta a nivel de la pulsión. Decir que la anoréxica come nada no es suficiente para aclarar la función de este objeto. La nada aparece en su función simbólica como causa del deseo, pero al mismo tiempo señala el objeto de goce al que la paciente está fijada. Son las dos vertientes que constituyen el síntoma.

 

El partenaire

La serie de pérdidas, más allá de la anorexia, abre otra dimensión que la de mantener vivo el deseo. Bajo la queja lastimosa esta mujer nada en goce, y si haciéndose nada se dirige al Otro para suscitar su deseo, ese goce no tiene destinatario. Así cualquier actitud, demanda u oferta, en la relación con su compañero tendrá siempre un fondo de engaño, puesto que el goce que la habita, a ese nivel, es completamente autista, cerrado sobre si misma. Allí nadie puede seguirla, ni nadie podrá entrar. No es raro entonces que él la abandonara y hasta el perro!

Ella no renuncia al amor, ni mucho menos. Pero si el amor es un esfuerzo por inscribir el goce en el Otro como forma de reconocimiento, como forma de hacerlo entrar en lo simbólico, muestra allí su fracaso y revela la soledad del sujeto en su relación con el verdadero partenaire.

En el análisis va produciéndose una lenta transformación en la relación con el Otro que probablemente conduzca a esta mujer a una salida a su angustiosa situación. La madre va perdiendo su prestigio, la paciente reconoce que todo lo que sabe de su padre es a través de su versión tendenciosa. Siempre se había preguntado porqué aguantaba tanto con el marido, aunque conocía la respuesta: por las hijas. Ahora ya no lo cree, esto abre una pregunta que aun no está dispuesta a responder. Pero más radicalmente lo que ahora se cuestiona es porqué el padre, a pesar de sus rutinarias ausencias ya que tiene otra familia, nunca se fue. Es posible que por este camino, encuentre otra versión que le permita obtener no ya un significante para el goce como lo obtuvo por la metáfora paterna, sino que haga emerger «el objeto a como nudo elaborable del goce». Función que Lacan designa en RSI como la del padre y más allá la propia del síntoma.

Para terminar diré que la afirmación siempre presente de que «nunca le faltó nada» - en esta paciente también - no es ajena a los tiempos de consumo que corren. Pero a esto hay un elemento que se suma y que debe invitar a la reflexión. Es la función de los hijos respecto al deseo de esas mujeres jóvenes, que ya han crecido en un mundo donde "no debe faltar nada". Por eso y por el nuevo lugar que tienen en la sociedad, la maternidad adquiere un valor muy distinto que aquel mediante el cual la mujer se realizaba, como madre y como esposa, ya que el papel de los hombres también se ha trastocado por completo.

Este caso me llevó a pensar que hay algo más en la abultada estadística que lo que se supone, simplificando en exceso, del «contagio histérico» respecto a la anorexia.