World Association of Psychoalanysis

 

El ANTI-LAPSUS

Ernesto S.Sinatra

 

1. Introducción: Anatomía del lapsus

Un verdadero lapsus tiene siempre algo de inquietante, a causa de él se produce el sujeto en la operación analítica subvirtiendo el saber establecido, haciendo vacilar el confort del referente, el que -hasta ese momento- se suponía asegurado. Un lapsus tiene siempre algo de sorpresa, interrumpe la monotonía de un discurso, o la información que se pretendía transmitir mostrando algo nuevo que no estaba en el código (al menos no en el del contexto enunciativo en el que se manifestó): es una respuesta de lo real que sorprende al parlêtre y que lo fuerza a plantearse una pregunta.

En el verdadero lapsus una palabra en lugar de otra no es un «juego de palabras», es una formulación paradójica que interroga al hablante, supuesto emisor cuestionado. Un lapsus lo es verdaderamente cuando el hablante -es decir, el analizante- se reconoce concernido por esa unidad contradictoria: el consentimiento del parlêtre al lapsus localiza al sujeto del inconsciente en el discurso analítico; pero este consentimiento no es 'natural', es un efecto preciso del trabajo de la transferencia en el dispositivo analítico

¿Qué es lo inquietante en el lapsus?: en principio es algo producido por alguien que no puede reconocerse como su autor, pero lo definitivo es que introduce una sospecha en el uso comunicativo del lenguaje: el lapsus indica que en el dispositivo simbólico y totalizante del lenguaje anida algo que le es extraño, extranjero al sistema de signos comunicables: un goce -allí- ignorado, y por esta vía el lapsus denota un exceso, ya que muestra el 'verdadero' revés de la verdad considerada en su cara simbólica.

2. Usos del lapsus en la obsesión

«Paz en los pensamientos. Esa es la meta anhelada de quien filosofa.» Ludwig Wittgenstein

Son notables los verdaderos esfuerzos realizados por algunos analizantes para borrar las marcas del decir que registran los dichos. Es en la neurosis obsesiva donde podemos apreciar con más claridad esta condición.

Analizaremos a continuación algunas estrategias transferenciales que emplea el obsesivo para defenderse del goce que amenaza desestabilizarlo. A partir de un caso clínico me detendré en una de tales estrategias: el anti-lapsus.

a) El obsesivo paratodea

Hay una estética de la obsesión: el sujeto obsesivo quiere mostrar al analista que el lenguaje alcanza para nombrar la cosa, paratodea con las palabras eternizando el tiempo del análisis, ofreciéndose como el héroe de su propia novela, el espectador de sus mismos fracasos, el investigador privado de su función de deyecto: él quiere convencernos de que el saber puede anular al goce, de que el Otro -prójimo o semejante- podría reducirse a no ser más que un proceso de su propio pensamiento. Su discurso resulta habitualmente tan pleno de sí que es difícil encontrar al sujeto de la obsesión en sus dichos, localizarlo en un traspiés, confrontarlo con una equivocación en la que reconozca otra escena que la que, minuciosamente, narra al analista.

En otra ocasión (1) me referí a la importancia de considerar los enunciados de obviedad -especialmente- en sujetos que padecen de neurosis obsesiva. En su intento de decirlo todo en la sesión analítica -lo que llamé en esa ocasión el paratodeo semántico- ellos suelen perder de vista lo más obvio y que posee, paradójicamente, un valor central para catalogar como falaz su razonamiento tan «completo». Lo obvio falta al paratodeo semántico, impugnando al que habla.

En su intento de decirlo todo en sesión, el analizante pierde un elemento, obvio, que resulta exterior al conjunto de sus dichos y que sólo para él no conlleva un valor de obviedad. Existe al menos un enunciado que queda aislado de sus dichos, determinándolos, del que se demuestra a posteriori su valor fantasmático. La no consideración de ese punto desencadena la repetición de un goce ignorado y la atribución del mismo a un agente externo, generalmente vestido con las insignias paternas. Por ello, sugerí que la consideración de tales elementos -excluidos del universo de los dichos- permite al analista elaborar una estrategia transferencial para la obsesión a partir de los enunciados de obviedad, con ellos hemos dado una respuesta al problema planteado por el obsesivo con su paratodeo semántico.

b) La ambivalencia del lapsus para el obsesivo

En cada caso es necesario calibrar la relación que cada entrevistado mantiene con el saber textual del inconsciente, para ello sirven los lapsus. Por ejemplo, es frecuente que no bien iniciadas las entrevistas, los lapsus comiencen a interferir el paratodeo semántico y entonces hay quienes se defienden con fórmulas tales como «yo no dije eso», «fue sólo un error», «usted me mal interpreta», «dije eso, pero no fue lo que quería decir», «déjeme explicarle porque no es lo que parece» -u otras sutilezas semejantes- que niegan al lapsus su función indicadora del modo singular que tiene cada parlêtre de gozar del inconsciente. Porque para acceder a esta función del lapsus es necesario el amor al inconsciente, y como es sabido el amor no es una categoría hecha a la medida de la obsesión. El obsesivo se toma su tiempo para amar, y en ocasiones le es tan imposible ser incauto de su inconsciente como es imposible el deseo en el que se sostiene.

Por ello, y sólo si los vientos del análisis le son propicios, el obsesivo encontrará un empleo de los lapsus que lo satisfará: en una verdadera operación de ingeniería del pensamiento, se dedicará a un análisis -en muchos casos minucioso- de sus representaciones, obteniendo de allí casi infinitas significaciones. El obsesivo se habrá topado en el dispositivo analítico con el goce del blablabla e intentará por este medio reabsorber los lapsus en el análisis, es decir, las marcas del goce de lalengua en el lenguaje. Pero este uso del lapsus no le garantizará que no reaparezca una marca del goce singular que condensa su fantasma. Lo sabe y permanecerá vigilante a cualquier signo de retorno del goce en el habla.

Es en la alternancia entre estos dos usos del lapsus -aceptación y rechazo- en la que suelen transcurrir los análisis. Pero existe una tercera alternativa.

3. El anti-lapsus, una estrategia obsesiva

¿Qué es más irritante que un lapsus para un analizante obsesivo en la sesión? Sé que imaginan la respuesta: varios lapsus.

Les narraré las peripecias de un hombre que pretendía dominar a su inconsciente, invalidando el acto analítico, para ello empleaba su inventiva hasta límites inesperados -incluso para él mismo.

a) La obsesión de Aquiles

Es un dato clínico recurrente cómo la contingencia del encuentro amoroso puede llegar a enloquecer al obsesivo cuando éste no tiene con qué calcular lo inesperado...que ya le ocurrió. La «experiencia» -como es bien sabido- siempre llega tarde, sobre todo para las cavilaciones obsesivas.

Luego de cierto tiempo de análisis, un analizante dejó de amar a su inconsciente, lo hizo -sin percatarse de ello- en el preciso momento en el que se confrontaba a la posibilidad de separación de una mujer (separación que no se atrevía a efectuar). En verdad él quería dejarla y ya todo estaba calculado para el remate final: había preparado hasta los más mínimos detalles: el alegato que pronunciaría frente a ella, el momento preciso en el que produciría la separación, el tono de voz que emplearía...Pero sólo no pudo contar con un «detalle»: ella se le adelantó y lo plantó, dejándolo por otro hombre.

Se verifica que la mortificación del deseo en la obsesión alcanza especialmente al Otro, del que intenta anular cualquier vestigio de deseo mediante todo tipo de artilugios. En un punto, si verdaderamente se lo propone, su partener será equiparable con la tortuga de la paradoja de Zenón, siempre le ganará al Aquiles de la obsesión, enredado éste en los laberintos gozosos de su pensamiento: bastará con que ella avance en su deseo tan sólo un paso no calculado por él, para que el obsesivo retroceda o -o que es habitual- avance sólo en apariencia, a los gritos e imprecaciones, pero reticente al acto.

En este caso, y tal como suele suceder en las epopeyas obsesivas, nuestro protagonista había presentado tiempo atrás ese hombre a su novia. Como al pasar incluso había pensado que ellos hacían una «linda pareja» y que estaría bien que ella se fuera con él, lo que le evitaría tener que enfrentarse a su decisión de separación: así ella se iría con el otro, pero por decisión de ella y no porque él la dejara. También de este modo -continuaba con su cálculo- todo «cerraría»: ellos dos formando una nueva pareja, y él se quedaría solo y sin culpabilidad...en verdad solo por el momento, pues ya le había «echado el ojo» a otra compañera de la facultad y su novia se había transformado en un obstáculo.

b) Un lapsus decisivo

Pero todos estos cálculos previos se desmoronaron cuando se enteró de la decisión de ella: prorrumpió en un llanto desconsolado y en un estado de angustia tal que ya no quería vivir. Fue necesaria una precisa intervención para calmar su dolor: mientras gemía y entre sollozos contaba su (nueva) versión de su amor contrariado enfatizando que nunca se había sentido así, interrumpí la sesión diciéndole: «¡¡¡de ninguna manera!!!». Sorprendido, dijo que no entendía a qué me refería, que era muy cruel, que no prestaba atención a su sufrimiento... A la sesión siguiente -que acordamos para ese mismo día- llegó calmado pero no menos sorprendido: al salir recordó que se había olvidado del ataque de llanto que había sufrido cuando se separó de su esposa, confrontado a una situación similar: él quería dejarla no sabía cómo, él pensaba que sería «más fácil si se fuera con otro tipo», finalmente ella lo hizo, justo antes de que él le pidiera la separación. A partir de aquel momento su esposa se transformó en el ideal de mujer que él no pudo retener y su amante en el hombre al que él no podría igualar.

A continuación fue un lapsus el que desencadenó lo horroroso de su verdad: mencionando al pasar a su ex-mujer dijo «masturbarme» en lugar de «casarme». Este lapsus lo interrogó en su pretendida generosidad y dedicación al Otro sexo, cuestionándole su oblatividad y poniendo en el centro de la escena analítica la asiduidad de su goce masturbatorio y sus dificultades con el goce sexual (especialmente por un auto-reproche al reducido tamaño de su pené). Comenzó a hablar de su casamiento y posterior separación, un tema que hasta el momento mantenía aislado del análisis, para finalizar cediendo al analista un recuerdo fundamental que atesoraba: un «detalle» que no había contado antes porque -según decía- no le pareció relevante. Antes de su casamiento lloró varios días -sin saber por qué lo hacía, sin poder parar y sin que nadie se enterara- y no se detuvo hasta subir al altar.

Se esclarecía entonces que -en verdad- él no quería casarse, pero ya que había llegado hasta ese momento, y ya que todo estaba preparado, que sus suegros habían preparado el agasajo, que habían gastado tanto dinero en la fiesta y además, dado que ella sí quería...él condescendió a casarse sin manifestar siquiera las dudas que lo invadían.

Luego de extraer estas consecuencias de aquel lapsus prometió, avergonzado, que a partir de entonces todo sería distinto en el análisis: que desde ese momento se forzaría a asociar a pesar de lo inaceptable que emergiera de sus pensamientos. Por lo pronto, empezaba a desconfiar del articulado paratodeo semántico en el que se sostenía.

Pero cuando todo parecía encaminarse en el trabajo de transferencia hacia el goce que condensaba su fantasma, aparecieron los nubarrones transferenciales.

c) El anti-lapsus: «Tuve un fallo...pensé 'x' en lugar de 'y'»

Nuestro Aquiles, advertido ya de su falla subjetiva, no extraía más de los lapsus el placer de lo nuevo (como en el inicio del análisis) sino el filo de una verdad inquietante. Al «masturbarme» le sucedieron una serie de actos fallidos que denunciaban, cada vez más inequívocamente, la crueldad que caracterizaba su relación al otro.

Fue en este preciso punto en el que inventó un procedimiento para defenderse del goce intrusivo: cometía lapsus...pero sólo en su pensamiento. No los enunciaba sino después de haberlos producido, de este modo neutralizaba su sorpresa, la interrogación que proseguiría y la posterior intervención que le suponía al analista. Su 'economía libidinal' resultaba eficaz, ya que incluso parecía acomodarse de algún modo a la regla analítica, ya que siempre enunciaba el lapsus luego de haberlo anticipado (tras cometerlo en el pensamiento). Nunca antes, sino después. Su formulación era invariable: «Tuve un fallo...pensé 'x' en lugar de 'y'».

Esta particular maniobra tenía precisas consecuencias: si el sujeto era interrogado en este punto, las asociaciones mostraban un goce logorreico que lo desviaba -invariablemente- de la responsabilidad por sus actos: siempre las escenas infantiles indicaban al otro en su carácter tiránico, siempre Aquiles era la víctima.

Henos aquí frente a una invención analizante: la llamaré: anti-lapsus.

Podemos describir sus rasgos definitorios. El tiempo es aplastado, pues el lapsus confesado como 'fallo', en verdad ya ha ocurrido; ergo la novedad ha sido 'asesinada', la sorpresa frente a la división subjetiva deviene inexistente. El instante del lapsus es fosilizado y el anti-lapsus (en verdad, pseudo-lapsus) que ocupa su lugar, adviene desde el tiempo pasado.

Cada vez que un lapsus está por producirse, allí, justo a un paso de sorprenderlo, el analizante hace un silencio -casi imperceptible en su valor de aislamiento- y a continuación prosigue hablando; entonces nombra el lapsus que había estado a punto de cometer, arrojándolo al habla desde el pensamiento. Un instante más, sólo un instante más y la bomba habrá explotado; pero, finalmente, ¿explotó o no explotó? No lo hizo.

El anti-lapsus es la marca del triunfo de la defensa contra lo real del goce que se hallaba justo a un paso de irrumpir desde el lapsus.

Se muestra de este modo -al par que se sutura- la hiancia entre pensamiento y habla; hiancia trabajada por su elemento medio, substancia de la sutura: el goce del blablabla. Se incorpora así el «fallo» en los dichos, reabsorbiendo el índice de lo real en la asfixiante trama cerrada del dialecto de la obsesión.

Precisemos ahora la secuencia lógica que el anti-lapsus condensa en el tiempo de su realización efectiva.

a) «lapsus» en el pensamiento -el que sólo podrá ser denominado así retroactivamente b) silencio/aislamiento -el silencio del parlêtre luego de producirse (a) c) enunciado de la fórmula -«Tuve un fallo...pensé 'x' en lugar de 'y'» d) reinstalación del paratodeo semántico -intento de continuar como si nada hubiera pasado e) anulación del lapsus -consecuencia deducida de (a-b-c-d)

Comprobamos en esta secuencia el modo con el que el paratodeo semántico del goce fálico produce el anti-lapsus para defender al parlêtre del saber acerca del goce de su fantasma.

d) El corte de sesión, antídoto contra el anti-lapsus

¿Cómo responder a semejante estrategia de la obsesión para «significantizar lo real»? La respuesta surgió al azar, para situarse luego como contra-experiencia al anti-lapsus.

Un día, cuando el sujeto comenzaba a pronunciar la fórmula, y sin esperar a la confesión del «fallo», procedí a cortar en ese punto la sesión. A partir de ese momento, ante la recurrencia de la invariante sintagmática, efectuaba el corte sin ninguna contemplación por la significación del pseudo-lapsus. La eficacia de la intervención fue concluyente: luego del malestar producido por la 'interferencia', reinstaló la sorpresa en el parlêtre: él ya no sabía qué quería decir su anti-lapsus, pues el corte separaba al sujeto del recurso a la significación, con la que se des-responsabilizaba. El corte permitió reinstalar la hiancia del inconsciente, agujereando la trama del anti-lapsus, volviendo así al conjunto nuevamente incompleto (haciéndole faltar siempre al menos un elemento) y a su estructura, inconsistente.

En el caso al que hacemos referencia, el efecto de esta contra-estrategia permitió continuar con la construcción del fantasma. Ya que los recuerdos que prosiguieron a su desolación, permitieron localizar otra ficción con la que el analizante taponaba su goce pulsional: ser el niño que llora arrodillado frente a una mujer que lo humilla y que pertenece a otro hombre.

Luego de haber ubicado este detalle clínico y de aislar esta noción, he podido verificar su funcionamiento siguiendo esta secuencia en otros casos -especialmente, pero no de forma excluyente- de neurosis obsesiva.

El anti-lapsus, estrategia de la obsesión para anular al lapsus, 'reclama' su derecho de existencia en la teoría analítica.