World Association of Psychoalanysis

 

Lo que el fantasma desconoce

Vicente Palomera

 

El tiempo del pase

El pase tuvo lugar en una verdadera encrucijada de caminos. Su trama se articularía en varios tiempos diferenciados.

Solicitó a la Escuela hacer uso del dispositivo del pase tres años después de haber reconocido el final de su análisis. El llamado momento clínico del pase, tuvo lugar mientras funcionaba como pasador en el dispositivo del pase de la Escuela Europea de Psicoanálisis. Había figurado en una primera lista de pasadores, lista excepcionalmente pública y tuvo que aguardar a concluir su tarea de pasador hasta poder franquear él mismo la puerta del dispositivo del pase.

Ese franqueamiento se producirá en los albores de una crisis institucional. Las respuestas a dicha crisis pondrían en juego inevitablemente la lógica del “uno por uno”, lógica que la supuesta unidad del grupo sueña con clausurar. Se comprobaría, una vez más, cómo en el comienzo de toda época, en la salida de toda crisis, aparece una evidencia y que sólo se sale por ella. Para él, esta evidencia se articulará con la convicción del pase, mostrándole el carácter que ha de tener la verdad de la que se puede vivir.

¿Cómo franqueó esa puerta?.

 

Duelo y transferencia

Entró como pasador en el dispositivo en un momento de máxima dificultad para él, estaba aún sumido en el duelo por la muerte de su padre. Una cierta pérdida de interés en la vida se traducía en un extraño sentimiento de que la muerte era, de repente, capaz de devorarlo todo si había podido llevarse a un ser tan querido. Ese afecto depresivo tenía además su impacto en un análisis que entraba en el final de la partida.

La vuelta al análisis se le hizo penosa. Abatido, él tenía que encontrar el coraje, entre otras cosas, para seguir aplicando la regla freudiana.

El imperativo de la asociación libre hace que el trabajo analítico sea homólogo al trabajo del duelo. En efecto, a partir de la regla fundamental, el sujeto experimenta no sólo su alienación a los significantes amo de su discurso, sino que, al mismo tiempo, experimenta que le falta aquella parte que daría la medida de esa alienación a aquellos. El dispositivo analítico produce automáticamente este efecto a partir del momento en que el sujeto se presta a la ley de la asociación libre. S. Cottet (1) describe muy bien cómo, en la cura, se produce algo equivalente a lo que en el duelo es el tratamiento de las demandas de la realidad: lo que uno querría callar tiene que decirlo. Es por ello que se produce una operación de pérdida, no la pérdida de un objeto sino la de su brillo fálico (- phi).

En esta perspectiva, el duelo se hace difícil, no tanto por la pérdida del objeto como por perder la posibilidad de saber qué objeto era uno para el deseo del Otro.

En el transcurso del análisis se habían podido construir escenas donde la voz del padre procuraba una satisfacción narcisista del sujeto. El había hecho de esa voz un órgano de su satisfacción narcisista. Ahora, en pleno duelo, entró en un silencio que surgió junto a una fase de transferencia negativa que incluía también una “reivindicación orgullosa del sufrimiento”. Esta fase duró poco, el tiempo en que una sencilla intervención del analista le aliviara de esa inopinada manifestación transferencial. Salió del silencio no sin saber de su modalidad de hacerse voz en el Otro. Pero la enseñanza más importante estaba aún por venir. Pocos meses después, su analista, que sin duda guardaba la esencia de lo que a él mismo le pasó como un duelo, le brindaría una ocasión de oro al sugerir su nombre como pasador. Fue para él toda una sorpresa.

 

Una pareja irresistible

Lacan habló en una ocasión de la satisfacción del final del análisis (2). Aunque ésta no promete ninguna pretendida armonía, es siempre verificable y coincide con el momento de destitución subjetiva. En el encuentro con uno de los primeros pasantes, él -como pasador- la verificó claramente.

Este pasante era un hombre mayor que él. Era alguien que había logrado alcanzar en su análisis el cambio del pase, un verdadero cambio subjetivo. El viraje producido por este pase estaba sostenido además por una demostración lógica rigurosa e impecable. Todo ello se traducía además en un cambio de deseo: el análisis había llegado a producir en ese pasante una nueva capacidad, una posibilidad nueva y su correlato: la posibilidad de hacerse el soporte del discurso psicoanalítico.

La confianza entre él y el pasante fue mutua. Lo escópico era fundamental en ese testimonio y se puso mucho énfasis en eso. El estilo escópico de enamoramiento puede hacer que uno no vea. Escuchando el relato del pasante, él también trataba de saber por qué no veía el objeto que siempre lo decepcionaba.

Tomando la fórmula de R. Coridian (3), el pasante y el pasador forman una “pareja irresistible”. J.-A. Miller en “Los signos del goce” formalizó los fundamentos lógicos de la pareja pasante-pasador al demostrar cómo se articulan el deser y la destitución subjetiva (4).

Como pasador, él quería encontrar el medio de franquear su propio pase, ya no tenía de su lado la seguridad que da el fantasma. Dicha seguridad había zozobrado y en el vuelco había atisbado “lo inesencial del sujeto supuesto al saber”.

En un párrafo de “Observación sobre el informe de D. Lagache” Lacan escribe: “incluso si es su término, no es el fin del análisis y aún si se ve en ello el fin de los medios que el análisis ha empleado, no son los medios de su fin” (5). F. Leguil llamó la atención sobre ese momento (6), al señalar que el analista debe hacer que el análisis continúe cuando la transferencia ha sido dañada, que debe mantener la posibilidad de que su paciente vaya más lejos cuando está afectada la transferencia. Lo que debe ir más allá de los medios del analista es también algo que está más allá de la reducción de los ideales de la persona.

Digamos, para resumir, que si bien en el análisis ya se habían agotado y llevado a su término los medios que son del Sujeto supuesto al Saber, el nombramiento como pasador le dio a él la ocasión de encontrar otros medios para alcanzar el fin. En esta fase donde atisba la separación, se necesitan no tanto los elementos (significantes) como la parte (“pars”). Parafraseando a Groucho Marx, se necesita “more timber!” (¡más madera!).

La madera es esencial. Ya Freud se lo señalaba al suizo Pfister: “Las cosas psicoanalíticas no son comprensibles más que si son relativamente completas y detalladas, así como el análisis mismo no marcha más que si el paciente desciende de abstracciones sustitutivas hasta los más pequeños detalles. Resulta por tanto que la discreción es incompatible con una buena exposición del análisis; es necesario ser sin escrúpulos, exponerse, ofrecerse a los leones, traicionarse, conducirse como un artista que compra las pinturas con el dinero de la familia y quema los muebles para que no sienta frío su modelo” (7).

Pues bien, él también aprovecharía la “madera” del dispositivo del pase y la del mencionado pasante para alcanzar lo que había devenido necesario a partir de la maraña de significantes con los que su síntoma se fabricó. Pero, y para proseguir con el símil, para prender fuego a la madera que calienta el modelo hace falta alguna chispa. Como señala Lacan: “Entre el significante enigmático del trauma sexual y el término al que viene a sustituirse en una cadena significante actual” hacía falta encontrar “la chispa que fijaba el síntoma” (8). Aunque más que una chispa él se encontró con el relámpago que traía el pasante.

Del testimonio de aquel pasante, lo que más le impactó fue justamente una interpretación del analista que había dado la clave de su entrada en análisis, con todos los efectos de histerización. En dicha interpretación, el analista del pasante dejaba vacío ese lugar de la transferencia calentado por el padre, hollando, de un solo golpe, el camino para que adviniera el ser del saber que soportaría la operación analítica.

 

La chispa

Para él, que como pasador estaba atento a todos los detalles del testimonio del pasante, esa interpretación caería sobre terreno abonado. Al terminar las entrevistas con el pasante recordó el mensaje que, justo un año antes, había recibido de la misma persona que había sido el analista de este pasante. Le había escrito de su puño y letra unas simples líneas de condolencia: “Me entero con tristeza de la muerte de su padre y, al mismo tiempo, de que él fue un combatiente “juvenil” del Ejército de la República, etc.” (el subrrayado es nuestro).

Estas líneas le habían sacudido no sólo mental sino físicamente encontrándose en una situación que pudo entender perfectamente al leer el relato póstumo de Albert Camus, “El primer hombre”, donde el personaje apócrifo de la novela encarna al propio autor visitando la tumba de su padre. Al leer las fechas de la lápida, se percata entonces de haberla ignorado: ¡el hombre de más de cuarenta años estaba frente a la tumba de un chico de veinte!, “algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo la locura y el caos en el momento en el que el hijo era más viejo que el padre”.

Todo estaba allí. Aquella simple nota de condolencia le había hecho ver el “joven” que vivía confrontado con el ideal del gran hombre.

Al igual que “la cosa miel esperaba a la cosa tabaco” (9) -como dice Lacan parafraseando a Lévi-Strauss, para hacer entender que el goce supuestamente infinito del Otro estaba marcado, desde el origen, por la falta- él comprobó de que manera “el grande (mayor) esperaba al pequeño (joven)”. En la lógica de su vida cuando ambos significantes se encontraban se producían consecuencias, para lo bueno y para lo malo.

Aquellas líneas, de un solo golpe, desbarataron el “poinçon” del fantasma. Digamos que fue la mirada de un “joven turco” la que se había introducido en esa otra mirada que mantenía al padre cual Hyperión, el querido de los dioses, es decir, en una mirada que sólo “realizaba lo simbólico de lo imaginario”.

Este momento fue inestimable para él. Lo entenderá retroactivamente, pero ya no podía seguir experimentándose como sostenido por sus ideales. Destituido de la posición de sujeto del significante, inopinadamente empezarán a engarzase aquellos recuerdos en los que se experimenta como objeto (a) y añadiré que venían con cierta repulsión.

 

El interpretación inaugural

Todo lo anterior solo se entendería desde la interpretación inaugural que había dado la clave de la entrada en su análisis.

Las entrevistas preliminares se habían desarrollado en un contexto de dolor, con los rasgos de la angustia y la culpabilidad propios de la posición del excluido.

En una de ellas, tras el relato de un acting-out donde lo que se ponía en escena era salvar al padre, el analista introdujo, en la sincronía de los significantes que allí se componían, algo que bruscamente hizo posible su traducción y que le permitió descifrar la diacronía de las repeticiones inconscientes, devolviéndole, de nuevo, al relato traumático del padre como joven adolescente recién llegado a la gran ciudad. Fue así como él se encontró con la parte faltante que la función del Otro mantenía oculta (10). A continuación, al ir a evocar la constelación de su nacimiento, en la que su vida estuvo en grave riesgo, él se quedó sin palabras. De este modo se le reveló el lugar de lo indecible. Activada la verdad en el lugar del saber, precipitando los significantes que luego le explicarían el desenlace de su análisis. Pero aún sería menester pasar por el largo circuito de la transferencia para encadenar esas letras rigurosas donde lo no sabido se ordena como el marco del saber. El primer esbozo de dicho marco se había presentado con el sello de lo que Lacan llamó la “insondable relación que une al niño con los pensamientos que rodearon su concepción” (11).

El análisis propiamente dicho empezó pues aislando el goce que dividía al sujeto y las identificaciones fundamentales con las que se peleaba en su vida. Su recorrido se jugaría entre estos dos polos.

 

Imaginar lo simbólico de lo real

El hecho de que el psicoanálisis trabaje sobre lo simbólico hace posible orientar la pantalla imaginaria para recibir la imagen del fantasma, imagen que soporta el peso y el precio del deseo.

No hay que despreciar nunca esta dimensión de lo imaginario. Siempre se puede demostrar que la pantalla imaginaria es esencial. En su Seminario “De un Otro al otro” Lacan dirá a este respecto que lo imaginario es el único lugar donde se puede revelar lo simbólico al sujeto, es decir, saber como uno es contado en el campo de Otro. Es gracias a esto que se puede demostrar el lugar que él ocupaba en el campo del Otro y, por lo tanto, la extracción de este lugar.

Un sueño de transferencia vino a marcar el paso previo necesario para desplegar la imagen del fantasma. Se necesitó un despoblamiento imaginario previo. Un acontecimiento motivó la emergencia del mismo: fue el impacto causado por la visión de su analista afrontando el ser para la muerte, en ocasión del fallecimiento de un colega. En el sueño el sujeto está solo, a su lado el Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Todo está vacío y hay una gran calma.

Este sueño, con su calma y apacibilidad, con esa máscara de tranquilidad, le enseñará algo importante: no quedarse nunca en los efectos de superficie que las máscaras de la muerte nos ponen, sean estos los limpios muros de San Lorenzo Escorial o de los Lamentos, años después, en Jerusalem. El sujeto aprenderá que sumergida bajo esas máscaras aguarda la presencia enigmática del deseo del Otro. En la escena que precedía ese sueño el analista le había dado la pértiga para saltar esos muros. Pero ¿qué se encontró al otro lado? Es lo que puso en juego un segundo sueño.

En verdad, fue más bien un sueño de angustia en el que se proyectaba el movimiento del sujeto intentando ayudar a alguien de edad avanzada, de sexo indiscernible, recostado en una cama y que intenta incorporarse. Su boca abierta no puede pronunciar palabra. Al ir a ayudarle, el soñante es sacudido hacia atrás.

El analista solo le pedirá que escriba el sueño. En efecto, el sueño era una contracción del fantasma sobre un borde pulsional y se tratará de leer en esa página el goce que esas letras contenían. En el pase, el desciframiento del sueño le llevará a esclarecer el axioma del fantasma.

Esa página a leer en el análisis fue también desde la exaltación ante el animal indecible del álbum infantil -imágen misma del superyó que detentaba la clave del descubrimiento de la castración-, hasta la experiencia de un goce inesperado en el joven adolescente cuando, en la cúspide de la angustia, tenía que entregar las hojas que recogían su obra.

 

Imaginar lo real de lo simbólico

Un enunciado del testimonio de Hugo Freda (12) le orientará en el momento de encontrarse con los pasadores: “había que encontrar las fórmulas”.

Las entrevistas con los pasadores fueron para él un ejercicio de demostración, además de una experiencia inolvidable. Los pasadores fueron un hombre y una mujer. Los vi en este orden. Ellos desempeñaban además la función que a él le había dado la clave del final de su análisis. Sus preguntas o pedidos de aclaración fueron pocos y precisos. Sin apartarle de lo que quería transmitirles, le ayudaron a leer aún mejor lo que quería pasar al cartel. En este testimonio él les rinde su tributo a ambos.

Con los pasadores, él transmitió las desinencias de la “mentira del fantasma” y cómo ésta se sostenía en la identificación del sujeto al objeto de la demanda de amor. La separación del falo imaginario fue destacada al introducir la primera frase que había presidió el encuentro de sus padres: Ella habría dicho: “¿Yo con alguien tan mayor?”. Esta sola frase explicaba cómo la “mentira del fantasma” era tributaria del efecto de torsión que Lévi-Strauss introdujo en la “fórmula canónica” de los mitos, operación que implica una doble permutación entre el valor de término y el valor de función. Después de las entrevistas con los pasadores, al aplicar esa fórmula canónica al análisis de los dos traumatismos necesarios para que naciera el mito individual en que consistía su neurosis él “había encontrado una expresión precisa y rigurosa de la ley genética del mito” (13):

Fx (a): Fy (b):: Fx (b): Fa-1 (y)”

Fjoven Fgrande Fjoven F hombre -1

(hombre): (mujer):: (mujer): (grande)

Si bien lo que se dice a los dos pasadores es prácticamente lo mismo, el decir es distinto. Con el pasador-mujer hubo algo más. Al terminar el testimonio ella se reservó un turno para preguntar y pedir alguna aclaración más. Su pregunta concernía a la “fórmula del fantasma”. Muchas veces puede haber demostración del pase sin que el pasante tenga la frase del fantasma. De entrada, él había quedado con el pasador-hombre que le llamaría cuando terminara su testimonio con el otro pasador. Le llamó para informarle que había concluido las entrevistas y, aprovechando lo que él sabía de su posición frente al Otro sexo, añadió algo más: un inocente chiste que surgía del goce típico del “entre hombres solos”. Esa anécdota fue la que le iba a mostrar lo que el fantasma no sabía, a saber que el fantasma se protege del peligro desconociendo la pulsión.

El problema del acto se le planteará entonces al sujeto en un “salto impulsivo a lo real a través del aro de papel del fantasma”, salto que se produjo como un acto logrado, como un síntoma que dejaba ver claramente una tendencia. Se trataba de un elemento altamente significante y estaba estructurado al mismo nivel que el fantasma. Al no poderse deslizar hacia el fantasma, la pulsión apuntó, en ese salto, al S(A barré). El pasante requirió una vez más de los pasadores para dar más información. La dimensión del dicho y del hecho son inseparables y el acto estaba para ser dicho. Sería de este modo como el sujeto entendería que quiere decir que “la experiencia del fantasma fundamental se convierte en pulsión”.

 


 

1 - Cottet, S., “La belle inertie”, en: “Ornicar?” 32, p. 79.

2 - Lacan, J., “Función y campo de la palabra y del lenguaje”, en: “Escritos”, p. 309

3 - Coridian, R., “Flashes sobre el pasador”, en: “Uno por Uno”, 40, pp. 55-58.

4 - Miller, J.A., “Los signos del goce” (los Cursos de psicoanálisis de Jacques-Alain Miller), Paidós, 1998, p. 201.

5 - Lacan, J., en: “Escritos”, p. 661.

6 - Leguil, F., “Acerca del pase”, en: “Revista del Simposio “del C.F., Buenos Aires, 1989.

7 - Freud, S.-Pfister, P., “Briefe (1909-1939)”, S.Fisher, Frankfurt, carta 5.6.1910.

8 - Lacan, J., “Instancia de la letra”, en: “Escritos”, p. 498.

9 - Lacan, J., Seminario sobre “La lógica del fantasma”, inédito.

10 - Lacan, J., “La dirección de la cura”, en: “Escritos”, p. 573.

11 - Lacan, J., “Juventud de Gide”, en: “Escritos”, p. 733.

12 - Freda, F. H., “Entre la voix et le rire”, IX Encuentro internacional del Campo Freudiano, Buenos Aires, 1996.

13 - Lévi-Strauss, Cl., “La estructura de los mitos”, en: “Antropología estructural”, Eudeba, Buenos Aires.