World Association of Psychoalanysis

 

Puerta casa ascensor y algunas localizaciones pulsionales

Miguel Angel Vázquez

 

Voy a comentar algunas secuencias del trabajo realizado por un niño a lo largo de un año y medio desde que vino por primera vez. Entonces le faltaba un mes para cumplir los 4 años, actualmente tiene 5 1/2. Me fue remitido por un colega que atendía a su madre de 35 años en un Centro de Salud Mental por depresión.

El padre de esta mujer murió de repente cuando ella tenía 14 años. Este acontecimiento la marcó en forma de manchas rojas que le aparecieron primero en la cara y luego en todo el cuerpo. En el año 92 le desaparecen cuando lleva algunos años casada. Al quedar embarazada de Javier, su único hijo, en el 93 le vuelven a salir. En el tercer mes de gestación le desaparecen y vuelven de nuevo en el postparto hasta que el niño tiene un año que desaparecen. Relata que en su familia siempre le han dicho que era tonta.

Al mes y medio de nacer Javier el padre pierde el trabajo. Este hecho produjo mucha preocupación justo en el momento en que acababan de tener un hijo. Por ello a los 8 meses la madre tiene que ir a trabajar fuera de su ciudad, de forma que salía de casa de 7 a 20h. Cuatro meses después vuelve a casa de baja por depresión.

Los problemas en el niño se plantean como tales cuando a los 2 años comienza a ir a la guardería. Se golpeaba la cabeza contra la pared; cogió una otitis que se cronificó y a tenido que ser operada dos veces. El psicólogo de la guardería fue quien la alertó de que Javier tenía problemas de comunicación. No se relacionaba con los otros niños. En un informe psicopedagógico que se le efectúa a los tres años detecta un ligero retraso respecto a su edad en particular en el lenguaje expresivo, entre otras cosas tiene dificultad en conjugar los verbos.

La madre relata que cuando cumplió un año lo pasaron a dormir a una cama en una habitación separada. Su sueño era tan inquieto que a los dos años la madre llevó la cama del niño de nuevo a la habitación de los padres para poder observarlo desde su cama. Esta cuestión de observar al niño está muy presente para la madre que ejerce un verdadero control sobre él. Este es el rasgo que define la relación de la madre con el niño, siempre angustiada por sus enfermedades, por que no funcione en el colegio y lo dejen de lado. Es como si estuviera esperando que le dijeran algo que ella ya sabe. También describe grandes rabietas.

El padre solo es mencionado en relación con el trabajo que perdió y que le obligó a trabajar con malas consecuencias para ella y el niño. Quizá el único nombrado fue su propio padre que la dejó de repente. Este niño aparece como muy vinculado a la madre sin mediación, como enfermo y como rechazado o abandonado por los otros.

Javier da testimonio de esto en sus actividades y decires. Había tres cuestiones que al comienzo me llamaron fundamentalmente la atención:

La primera era la presencia de la madre. Por ejemplo, cada vez que sonaba mi teléfono Javier decía de forma automática, e independientemente de lo que estuviera haciendo, “¡es la mamá!”. También hay un puzzle llamado ‘Family Natura’ que representa madres de animales de diferentes especies con sus hijos. Entre ellos hay también una mujer con su hija. En el dibujo de la caja que sirve de modelo, la pieza que representa a la niña no está y figura como una silueta negra. Cuando Javier lo detecta dice “falta la mamá..., estará dentro de la caja”. Para él la mamá parecía estar siempre presente, cualquier signo de presencia o de ausencia la evocaba. Diría que nada se interpone, en el sentido de lo simbólico, entre la mamá y él, la mamá está en todas partes. Sería la manifestación en el niño del control y observación continua de la madre.

La segunda cuestión era la angustia que aparecía en el niño cuando descubría algo roto, se perdía algo y no lo encontraba o no funcionaba. Esta cuestión está articulada a la primera porque al no haber mediación simbólica entre madre-hijo (Po), cuando algo faltaba lo que se habría era un agujero (Æo) y emergía la angustia. Si la mamá no estaba localizada, entonces estaba en todas partes, lo invadía, y esto era correlativo a la angustia.

La tercera cuestión era un trastorno del lenguaje también vinculado a lo anterior. Al hablar no conjugaba los verbos más que en infinitivo y en segunda persona del singular; nunca construía frases en primera persona, que supusieran un ‘yo’. No hay un sujeto del enunciado ni lugar de enunciación propio. Decía frases del estilo “¿quieres hacer un puzzle?”, mientras lo estaba cogiendo. Y luego, “¿Lo has hecho tú?”, cuando lo había terminado. Utiliza esta forma en particular en las actividades relacionadas con los aprendizajes que es una cuestión que preocupa mucho a la madre. Javier articula estos mensajes sin que él como sujeto se pueda localizar en ellos. No encuentra pantalla alguna que se interponga y le permita creer que habla por sí mismo

Este va a ser el primer trabajo que realiza en las sesiones.

La puerta y la casa

Las sesiones estaban marcadas, además de lo mencionado arriba, por una dispersión total, cambio continuo de actividades y dibujos llenos de letras y rayajos reiterativos. Al principio juega con las posibilidades de las letras del abecedario con las que forma su nombre y hablamos de las cosas que se pierden y donde están.

En una sesión, a los dos meses del inicio, coge un teléfono que tiene cuatro ventanas en las que al introducir unas clavijas aparecen sendos personajes, un hombre y una mujer jóvenes y otros dos mayores. Con las clavijas hace aparecer y desaparecer varias veces a la mamá y los abuelos, “estos abuelos son”, dice. Al padre no lo nombra. Esta actividad la alterna con otra: cierra y abre de forma rápida la puerta de una casa de juguete y hace lo mismo con la del garaje que tiene adosado. Estos juegos los interrumpe para hacer el puzzle de ‘Family Natura’ en el que dice que falta la mamá.

Durante algunas sesiones es este el tipo de actividades que realiza: el teléfono y la puerta de la casa, interrumpidas por los puzzles y las fichas de tipo escolar que de alguna manera le son impuestos con la fórmula de la frase en segunda persona antes mencionada.

Tres sesiones después introduce algo nuevo. Pone sobre mi mesa un autobús sin techo y con una puerta que se puede abrir. Mete y saca muñecos por la puerta que abre y cierra cada vez que pasa uno. Este juego lo hace silencioso y tranquilo. Está concentrado de tal forma que por primera vez suena mi teléfono y no dice automáticamente ‘es la mamá’.

La sesión siguiente entra muy contento. Coge el teléfono y hace aparecer y desaparecer en sus ventanas a la mamá, el abuelito, la abuelita y el niño; de nuevo no hay padre entre ellos. Coge el autobús y saca a sus ocupantes uno a uno por el techo pero luego los acerca a la puerta cerrada como si realmente hubieran salido por ahí. Sólo uno sale realmente por la puerta. En otro momento de la misma sesión mientras lee un cuento me llama por mi nombre y dice “... te quiero mucho”. Afirmación que no ha repetido nunca más y de la que hay que señalar que es la primera vez que he podido aislar en que se sitúa como sujeto del enunciado.

La sesión siguiente abre la casa y saca un muñequito del que dice que lo he comprado yo y que es un fantasma. La cierra y dice “ya está cerrada la casa de la mamá”. Tras ello comienza un periodo de sesiones en el que llena hojas de papel con números y comienza a recortarlos.

Hay algo que parece conseguido en estas sesiones. Lo manifiesta también a través del júbilo que surgirá asociado a estas actividades. Por ejemplo, en una sesión posterior coge de nuevo la casa, toca el timbre, abre y cierra la puerta. Dice, “está cerrada” y se ríe. Repite a menudo esta operación y sonríe contento. Una de las veces dice en primera persona “lo cierro”, y cuando termino la sesión protesta “¡no quiero!”. Se abre así un periodo en el que investiga las diferentes posibilidades e imposibilidades de la puerta y la casa: lo que cabe y lo que no por ellas. Se produce una diversificación de los focos de atención y una apertura al mundo, al tiempo que va tratando la cuestión de lo que falta que tanta angustia le creaba. Se produce una apertura al saber que se manifiesta por las preguntas que comienza a hacer, particularmente en casa, sobre para qué sirven las cosas.

En mi opinión, lo que construye en este primer momento del tratamiento es una pantalla mínima que es la puerta. Un dispositivo simbólico mínimo que va a poder desplazar y servirse de él para realizar algunas operaciones.

Lo hace a través de ese juego del teléfono y de abrir y cerrar la puerta de la casa, que es un juego de un par de opuestos ‘está-no está’ y ‘abierto-cerrado’. Cuando coge el autobús y saca los muñequitos uno a uno abriendo y cerrando la puerta cada vez, introduce un nuevo elemento, suma a la operación anterior ese pequeño objeto que es el muñeco. Creo que es cuando construye la pantalla y de alguna manera se produce el mismo como uno de esos muñequitos que salen. Pienso que por esto no oye por primera vez a la madre en el teléfono que suena. Ese dispositivo silencia en algo esa voz materna que lo llama en cualquier signo exterior.

La siguiente vez, con ese juego en el autobús en que los saca por el techo y los acerca a la puerta como si hubieran salido por ella, ahí la puerta como pantalla ya existe, aunque tenga que acercar el muñeco a la puerta. Es decir, que es una operación en la que nada se pierde. De todas formas con esa identidad recién estrenada se dirige al terapeuta para decirle que lo quiere mucho. Hay, si se puede decir, una introducción del analista.

He resaltado lo que pasó en la siguiente sesión como un momento conclusivo de este primer tiempo que estoy presentando que no es más que el intento de hacer una lectura de lo ocurrido desde la estructura. Abre la casa, saca un muñeco que llama ‘un fantasma’ del que me adjudica su compra, cierra y concluye “Ya esta cerrada la casa de la mamá”. En primer lugar si en la sesión anterior él se producía como objeto como ese muñequito resultado de la operación de apertura y cierre, ahora desplaza ese dispositivo de la puerta sobre la casa y hace una especie de teoría sobre su advenimiento y se nombra. Sale de la mamá pero está ahí porque alguien, para quien tiene un valor lo compró. Es un fantasma pero vale para alguien. La frase con la que concluye ‘ya está cerrada la casa de la mamá’ parece transmitir la idea de que también le ha servido para cerrar el cuerpo de la madre, que da la posibilidad de un adentro y un afuera.

No pienso que con esta operación se haya producido un fort-da, es decir, que haya una sustitución, simbolización de la falta con su correspondiente pérdida. Creo más bien que este dispositivo simbólico que es la puerta sirve de pantalla, revela -en el sentido fotográfico- positiva al niño que antes se encontraba totalmente disuelto, haciendo cuerpo con la madre, y le da una cierta consistencia imaginaria que le permite hacerse sujeto emisor. Al mismo tiempo el desplazamiento de la pantalla- permite cerrar el cuerpo y abrirse al universo.

Su trabajo se centra fundamentalmente en dos vías: por un lado, tiene un lugar mínimo desde donde investigar sobre lo que falta, lo que se pierde o está roto que le produce tanta angustia y que no hace referencia más que a la falta misma del significante. Por otro lado puede comenzar también a intentar hacer teorías sexuales sobre las localizaciones pulsionales.

El ascensor

En el punto anterior he intentado aislar un momento que me parecía inaugural que ocurría en algunas sesiones consecutivas. Eso se produjo en los tres primeros meses de tratamiento. En el primero que era enero Javier había cumplido los cuatro años. Hasta julio fue un periodo en el que siguió investigando sobre las posibilidades que se habían abierto para él. Es un periodo de transición en el que se alterna, por ejemplo, la utilización del ‘tú’ y el ‘yo’. La angustia que lo agita emerge a menudo. Cuando esto ocurre suele cambiar de actividad y muchas veces viene la voz que lo anima a hacer puzzles o fichas. También mi palabra cuando me dirijo a él toma a veces un valor superyoico que lo lleva a interrumpir lo que está haciendo. Un día cogió una ficha que buscaba, se la puso cerca de su ojo y luego la acercó al mío en un movimiento alternativo que repitió varias veces antes de colocarla en su sitio. Con este gesto ratifica que sólo cuenta para él una mirada, la del Otro, en la que el objeto no ha sido sustraído, es decir, que no tiene una mirada propia. De hecho en una ocasión me quité las gafas y alarmado me hizo que me las pusiera para luego fijarlas dibujándolas en una hoja de papel.

En Septiembre, al volver de vacaciones, ya sabe leer y escribir con bastante soltura. Al hablar lo hace casi siempre conjugando en primera persona. Ha localizado algunos agujeros, en particular uno que se abre en la superficie de una mesa para la salida de cables de ordenador. Cobran para él interés estos agujeros por los que comienza a tirar cosas. En algún momento percibo que esta actividad es simultanea a la emisión de aires por su parte. En otros, se ríe al verlo caer, se convierte en una actividad jubilosa. También le divierte romper o desmontar cosas. Otro día hace un parque con unos bloques de plastico y se mete dentro, luego sale y dice que lo deja cerrado. Parece inmerso en el intento de construirse un cuerpo con sus orificios pulsionales y sus vacíos.

Introduce una oposición significante ‘si-no’ al nivel de la escritura, y al mismo tiempo comienza a hacer dibujos de ascensores tomando como referencia el ascensor de la consulta: Dibuja la puerta del ascensor, el panel de llamada con sus indicadores de subida y bajada y los botones de cada piso. Además un ascensor supone un interior. Las primeras veces que los dibuja siempre arranca o corta un pequeño trozo de la hoja de papel y escribe algo en él.

¿Qué es el ascensor para este niño?

Creo que es un elemento significante que condensa y articula todos los saberes y elementos que Javier maneja, diría que una especie de punto de almohadillado precario.

El ascensor es un desplazamiento del dispositivo de la puerta -apertura y cierre, aparición y desaparición- Está orientado por las flechas de subida y bajada e incluye los números. Los números son para él unos elementos importantes desde el día que escribió las primeras series e intentó recortarlas. Con los trozos sueltos de papel que recortaba de las hojas también formaba números, esos trozos se podían contar pero además servían para formar números dándoles un cierto cuerpo. Los números indican los pisos donde vive la gente, las puertas de los patios y de las casas. Todo esto lo plasmaba a través de los dibujos. Los números también se encontraban en el calendario, que realizó durante unas sesiones, y permiten orientarse en el tiempo.

El ascensor es un objeto producido por el niño en el dispositivo de las sesiones. Es un desplazamiento de la puerta que le sirve para explicar el mundo y lo que en él ocurre. En un principio la puerta del ascensor condensa el ascensor entero y lo que éste supone de relación con el mundo: el acceso a la sesión, a su casa, a la de los amigos. Sin embargo, al mismo tiempo es como estar fuera, en la antesala de donde se desarrolla la vida. Poco a poco alrededor de este elemento produce otras cuestiones. Por ejemplo, el ascensor tiene un interior, unos instrumentos y un motor que puede funcionar o estar estropeado. Hay ciertos límites a su funcionamiento que marcan diferencias: hay edificios que tienen siete pisos, como el de la consulta. El ascensor ahí no puede subir al undécimo piso como en otros edificios que conoce. También hay prohibiciones: hay señales que prohiben fumar o carteles que dicen ‘perros no’. Habilita incluso alternativas al ascensor: a partir de cierto momento dibuja escaleras al lado de la puerta del ascensor, es posible utilizarlas en caso de que se estropearan los dos.

Un día dibuja un ascensor estropeado y otro que funciona. Dentro del estropeado dibuja el motor que está roto, es una especie de rectángulo. Colorea concienzudamente su interior varias veces con colores diferentes, lo recorta y pregunta “¿ Y ahora qué se hace con eso?” Después escribe su nombre en el interior del rectángulo recortado. “¿Y ahora qué se hace?” repite.

La sesión siguiente, hace preguntas por lo que hay dentro de las cosas. Comienza a construir el ascensor pero en esta ocasión no hace las puertas sino el motor. Lo construye con una trompetilla de juguete como las que utilizan los otorrinos para examinar el oído. Él las conoce bien porque lo han operado dos veces del oído. En su interior introduce unos pequeños objetos y en su mango que es ahuecado, introduce una especie de pie. Parece una teoría del interior del cuerpo y lo que contiene.

Se aprecia, al mismo tiempo que el esfuerzo creativo, el fracaso de la metáfora. No se produce la sustitución: están las pulsiones separadas sin poder ligar un sentido que las ordene. Hay trozos sueltos con los que consigue formar números, pero cuando con las piezas sueltas de un juego de construcción quiere hacer un muñeco o una locomotora, como ha sucedido, fracasa, le salen engendros desestructurados. En una sesión intenta dibujar no sólo el ascensor sino los pisos y lo que alcanza a hacer es algo literal: escribe los números del uno al siete uno sobre otro y al lado de cada uno dibuja un pequeño piso en miniatura con su puerta de ascensor, su mando, y su pequeño tramo de escalera. Es como si estuviera atrapado en el ascensor que es al tiempo lo que está posibilitando su relación con el mundo. Es por lo hablaba del ascensor como punto de almohadillado precario.

El artificio del significante y la eficacia de la palabra

Como decía al comienzo con el dispositivo de la puerta y la casa Javier se había habilitado un lugar mínimo desde donde investigar sobre lo que falta que tanto lo angustiaba. Una de las formulas que encontró en el comienzo, aunque no demostraba ser muy eficaz, se podría sintetizar en la frase que dijo ante el puzzle al que le faltaba una pieza: “falta la mamá..., estará en la caja”. Esta fórmula podía conjurar la angustia que la primera parte de la frase anunciaba, dilatando su emergencia con la promesa de la segunda ‘estará en la caja’, a condición de que encontrara realmente la pieza. La pieza que faltaba tenía que estar si no se abría para él el agujero de lo real y emergía la angustia, ya que nada venía a simbolizar la falta.

En el trabajo que realizó sobre esta cuestión unos meses después, en el tiempo del ascensor, llegó a otra fórmula. Un día descubre en la fachada de la casa de juguete el dibujo de un plato de comida de perro que contiene un hueso y el nombre del animal ‘Snoopy’. Sin embargo, no encuentra al perro por ningún sitio. Pregunta dónde está y cambia enseguida de juego. En la sesión siguiente dice “¿os acordáis de Snoopy? ¿Dónde está Snoopy?” Plantea algunas hipótesis que no le satisfacen y al rato concluye “Snoopy es un perro que no está” Con esa frase se tranquiliza y zanja la cuestión haciendo que su ausencia no comprometa su ser. No es necesario que Snoopy esté presente para evitar la emergencia de la angustia frente a lo real. Snoopy ‘es’, su nombre está escrito en su plato, pero creo que es el artificio de la frase que él dice lo que le da existencia. Esto le permite unas sesiones más adelante, hacer un juego que lo divierte mucho. Se trata de unas láminas que representan distintas estancias de una casa. Algunos de los objetos que se encuentran en las estancias les falta una parte que se puede completar con unas fichitas transparentes. Hay por ejemplo la pantalla de un televisor al que le falta la caja, o una lampara a la que le falta el pie. Su juego consiste en ponerle el marco al televisor, luego quitárselo y decir “¡sin televisión!” y reírse. O a la lámpara le quitaba el pie y decía entre risas “¡sin rabo!”. Esa preposición ‘sin’ era una aplicación de la fórmula que le permitía decir es una televisión sin televisión. Hacía juegos de poner algunos objetos en lugares inadecuados, por ejemplo la bola del mundo la ponía divertido como ojo de buey de una lavadora. Ese día me comunica, mientras manipula esa transparencia con la bola del mundo, que no sabe que el mundo se pueda romper. Quizá podríamos leer esta frase con la clave de la de Snoopy: ‘El mundo es’ como efecto de la palabra y a partir de ahí casi cualquier cosa es posible sin que por eso se rompa.