World Association of Psychoalanysis

 

La sublimacion: un partenaire posible

Oscar Ventura

 

Que la sublimación sea un partenaire posible del sujeto es un hecho a
verificar en tanto que pretendemos tomar la cuestión por el sesgo de los
efectos que el dispositivo analítico puede obtener sobre el destino de
la pulsión.

Es seguro, aunque no muy frecuente, que el desvío pulsional que implica
la sublimación sea pareja del sujeto, con la premisa, nada trivial, de
que tal desvíación se constituya en el rasgo que sostiene la economía
subjetiva en detrimento de esa otra modalidad de satisfacción mucho más
corriente que es el síntoma.

Pretendo pues delimitar las cosas para intentar despejar lo que como
sublimación podríamos captar de real clínico, es decir lo que
propiamente le correspondiera como efecto del dispositivo analítico. Ya
que si en lo que concierne al mecanismo, al proceso estructural de la
sublimación lo que está en juego es uno de los destinos de la pulsión,
si ella existe también como uno de los resultados de la experiencia
analítica, la modificación de la satisfacción que allí se produce
corresponde a un proceso delimitado por la transferencia.

La teorización de este proceso, es pues, el punto en el cual aparecen
las mayores dificultades conceptuales.

Sabemos que el síntoma es el obstáculo más poderoso a la sublimación, ya
que la satisfacción que obtiene la pulsión en él, hace que la
subjetividad caiga en una especie de punto muerto, de parasitación, la
salida de la sublimación para el neurótico, está bloqueada por el
síntoma, en mayor o menor medida según el sujeto.

Ahora bien, el desarrollo de una cura, al poner el síntoma a trabajar en
la transferencia moviliza los montos pulsionales que en él se
satisfacen. Los moviliza de diversas maneras y en distintas dimensiones.

Nada designa de entrada una reunión entre pulsión y sexualidad, la
pulsión es asexuada, si su goce se anuda con el sexo es en razón de su
estructura topológica de borde, pues ahí se conjugan carne y logos
gracias a la función del orificio. Es por homeomorfismo que
secundariamente se hace equivalente al goce sexual.

Si la dinámica de la pulsión es por definición sublimatoria se debe a
esta dimensión desexualizada, una vía particular que encuentra su senda
por el evitamiento de ciertos escollos, donde la condición de este
evitamiento es, sin duda, la prolongación indefinida de trayecto.

Es en la modificación que la cura puede llegar a operar sobre el
registro estrictamente acéfalo de una pulsión que se satisface en un
síntoma que puede establecerse la presición de una salida sublimatoria.

Voy a poner a consideración de ustedes un breve fragmento clínico.

Se trata de una neurosis histérica en una mujer joven, debemos decir que
la elección de su profesión, está determinada por una cierta capacidad
sublimatoria, es músico y cantante, y ha obtenido a partir de sus dotes
un reconocimiento que le ha permitido con el tiempo desenvolverse con
bastante soltura, ha conseguido siempre vivir de su trabajo.

La cura transcurre por su quinto año, sin detenerme en sus avatares
quiero puntuar un proceso que tiene su punto de partida con el análisis
bastante avanzado, proceso por el cual una satisfacción pulsional
retenida en un síntoma es capaz de deslizarse hacía otro fin, tomando la
forma de una producción, e iniciando un circuito al que puede ser
pertinente darle el nombre de sublimación.

El síntoma consiste, para esta mujer, que es cantante, en una afonía
crónica y una congestión, también crónica de la laringe, la sensación de
irritación también le hace mantener una tos persistente que tiene la
particularidad de exasperar, por su frecuencia, a quienes conviven
cotidianemente con ella, el marido y sus tres hijos. Una curiosidad de
este síntoma es la facultad de diluirse en un solo momento: cuando ella
canta.

La agudización del síntoma la alarma, ya que debe suspender algunos
ensayos destinados al estreno inminente del próximo espectáculo en una
importante capital, trabajo este de radical importancia para su carrera
artística. Es el momento en que en las sesiones comienza a desplegarse
una dificultad conyugal que atañe al encuentro sexual y que consiste en
la imposibilidad de alcanzar el climax necesario a la satisfacción, lo
que la conduce a una privación del goce fálico bajo la modalidad de
hacerse objeto de la demanda del Otro, fingiendo una satisfacción que
tiene como corolario un decaimiento subjetivo, acompañado de episodios
anoréxicos.

El análisis del síntoma en la transferencia nos lleva por el siguiente
camino que trazo muy sintéticamente: Es a partir de un comentario
materno, referido a la repulsión que le ha causado el haber visto en una
pelicula erótica una escena de felación, que ingresa al terreno de sus
dificultades sexuales. De lo que se trata en ellas es del sentimiento de
asco que se manifiesta bajo lo que es vivido como un imperativo por
parte del partenaire de someterse a esta práctica sexual.

La subjetivación de una madre excesivamente preocupada por las
dificultades alimenticias de su hija, más un padre que se suma a la
demanda materna prometiendo una recompensa, bajo la premisa de no dejar
nada en el plato de la comida o hasta la última gota del vaso de la
leche, construyen una escena donde la pulsión oral queda satisfaciéndose
en un circuito en el que el sometimiento a la demanda materna es
sostenido por la esperanza de satisfacción que la recompensa del padre
promete.

Las consecuencias de esta modalidad de la demanda la vemos aparecer en
la privación del goce fálico y en la satisfacción que encuentra, en este
caso la pulsión oral en el síntoma de la afonía que se corresponde con
un fantasma que toma toda su potencia en la re-significación que ella
hace de la demanda del partenaire.

El trabajo propiamente significante de la cura, lo que es la envoltura
formal del síntoma, es decir, su sentido sexual, propiamente fálico,
permite ver el grado de sexualización con que la pulsión ingresa en la
cadena significante, ya que conectada al fantasma de felación es causa
de la pertubación que muestra el síntoma en diferentes niveles.

La viscisitud de la pulsión encuentra su satisfacción perturbando por un
lado toda la mucosa oral, propiedad conversiva del síntoma, en los
momentos en que ella no canta. Con el canto encontramos la posibilidad
de satisfacción en lo que son la reunión sublimada, de una parte de la
pulsión oral no acantonada en el síntoma y por otro la voz que es
elevada a la calidad de objeto gracias a la canción.

La perturbación del goce fálico encuentra su punto de partida al nivel
de la demanda del Otro que ella autentifica en el partenaire, se asegura
así la insatisfacción, pues, el sometimiento a la demanda tiñe toda la
escena y la desrealiza, covirtiéndola en un un desierto de goce, el
fingimiento, representado por una cadencia de la voz, es en este caso la
esperanza de recuperar el goce por la única vía que queda no saturada:
la voz, pero como ella lo comprueba con su queja, no hay canción que
diga la relación sexual.

Los recortes que la cura fué operando le permitieron percibir una
localización de su posición en la pareja: el marido es investido
masivamente con los significantes de la demanda del Otro, lo ratifica la
frase: lo trato igual que a mi madre. Una puntuación tuvo el efecto de
producir una distancia de la escena familiar, propiamente pulsional en
la que se juega la satisfacción primaria, y se produce un movimiento en
la constelación significante, el marido pasa a ocupar el lugar del Ideal
del yo, lo verifica la transferencia que ilumina también esta posición
en el analista teñida por el amor que despierta la suposición de saber.

Manteniendo a esta distancia, propiamente simbólica al objeto, se
produce una variación pulsional que consiste en la recuperación del goce
fálico y en una disposición para los estudios músicales que empiezan a
ser cada vez más profundos. En aras del Ideal, el deseo toma la
delantera gracias al vacío que se provoca en torno al objeto distanciado
del campo del Otro, los rasgos incorporados le permiten desplegar
proyectos diversos en relación con la música, y se complementan con los
que en ella es propiamente sublimatirio: el canto. Se produce también
una especie de re-ordenamiento subjetivo, libidinal. En el plano general
de la cura este movimiento no deja de ser terapéutico.

Estos efectos nos recuerdan la distinción que existe entre la
sublimación y el Ideal del yo, en tanto que, y retomo el matiz freudiano
se trata aquí de una especie de sublimación, no de una sublimación
acabada, el deseo apunta al ideal, por ende gracias al rasgo no hay
cambio de objeto.

Cuando Freud distingue la idealización de la sublimación es sumamente
claro. La sublimación atañe a la libido de objeto y consiste en la
desviación de la satisfacción sexual, es allí donde Freud pone el
acento. Mientras que la idealización es un proceso que envuelve al
objeto; sin variar de naturaleza, el objeto es engrandecido y realzado
psíquicamente, su paradigma es la sobreestimación sexual. La sublimación
define algo que sucede con la pulsión, mientras que la idealización algo
que sucede con el objeto.

Las consecuencia, para el neurótico es que el Ideal del yo, debido a su
función significante, mantenga la búsqueda del objeto prohibido, bloquee
su cambio y exponga al sujeto, a través del rechazo, a una detención de
la deriva pulsional y vuelva a brotar el síntoma.

Así lo verifica esta fase del tratamiento pues la persistencia del
síntoma corporal y momentos de desvalimiento del deseo dejan entrever
que no se trata de una resolución satisfactoria. El Ideal, aunque
incita, marca el límite al mismo tiempo.

La deriva significante la conduce a un cuestionamiento sobre su
trabajo, y hace surgir una nueva pregunta: ¿Qué canta?. Al hacer el
recorrido por su repertorio cae en la cuenta que se trata de canciones,
donde el sujeto de la canción siempre es un hombre que le canta a una
mujer, el argumento, siempre el amor. En esta dirección cae en la cuenta
que siempre ha cantado canciones de otro, canciones del Otro.

Las canciones de otro son medidas ahora como insatisfactorias para el
goce de su voz, y se produce un nuevo retorno sobre el estudio de sus
melodías, al tiempo que hace surgir el acto de agregarles letra, con la
variante, que la letra de la que se trata es una letra músical, consiste
en la creación de canciones corales que no narran historias, su proceso
se lleva a cabo mediante la escritura en el pentagrama, es decir,
mediante una modalidad de escritura que no dice más que unos sonidos
destinados a ser cantados por voces que estrictamente están fuera del
sentido, quiero decir con esto que el conjunto coral no evoca en la
lengua nada más que una armonía sonora capaz de hacer lazo con el otro.
Este trabajo es rápidamente aceptado por sus productores.Su nombre de
compositora hace virar su vida en una modalidad de trabajo
cualitativamente diferente a la que venía desarrollando hasta el
momento.

Comienza así lo que cabría de ser conceptualizado como el comienzo de un
circuito sublimatorio que es producido en el tiempo de su análisis,
tiempo que coincide con otro movimiento transferencial: el del cese de
la demanda de orientación que hasta aquí se había mantenido firmemente
arraigado en el discurso de este sujeto, de algún modo, el amor que el
analista había despertado cae en beneficio de lo que ella puede nombrar
como una soledad auténtica, ella dice: dejarse llevar por la soledad que
le evocan las voces que escribe en el pentagrama.

La creación de letras propias, oscila entre diversos estados subjetivos.
Estos estados en que la canción se realiza tienen una relación directa
con la distancia que este sujeto puede tomar, no ya del Ideal, sino del
nivel de la demanda pulsional del Otro.

La angustia y el malestar que preceden los momentos de creación delatan,
a veces, la dificultad del desprendimiento. La angustia en algunas
ocasiones ha sido la señal, que envés de llamar a la represión ha
anunciado los momentos en que esa demanda se separa radicalmente del
Otro, se puede observar que la sublimación en esta mujer es posible
gracias a ese grado de destitución del Otro, de esta manera se entiende
la desexualización del fin, su inhibición que define el avatar
sublimatorio. Ella es sin el Otro en el tiempo de la creación.

La sublimación se origina en la limitación del cuerpo a la función
sexual: solo el cuerpo es sexualizable, este borde se hace sensible en
la cura de esta mujer en tanto que el síntoma desaparece según el
proceso de escritura de las letras. El análisis, me parece, y lo pongo a
vuestra consideración ha permitido una salida a la pulsión que puede
mutar en un circuito diferente de la búsqueda de satisfacción que
quedaba estancada el síntoma.