Una piedra prehistórica y un vacío
por MAURICIO TARRAB
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Testimonio del Pase - XVII Jornadas de la EOL - 30.11.08

1. Las palabras y el murmullo
Seguir hablando de mi caso delante de uds. ya no me es sencillo. Sin embargo, como no hablo aquí de la manera en que hablaba en el diván, eso me permite eludir una cierta incomodidad que me causa hoy el eco de mis propios significantes. Pero es necesario que hable de mi experiencia todavía un poco más, el pase me obliga a eso y es lo que quiero hacer. Así lo he hecho durante estos casi tres años, que ya se acaban pronto… ya se acaban pronto, es lo que para alentarme me digo a mi mismo.
Luego del análisis, la relación al pase, y a la Escuela, encausan para mi un movimiento que no se ha terminado después de ese final. Ese trayecto, incurable, en mi caso transcurre entre aquella antigua tentación de la mudez, ahora sin el sufrimiento que la acompañaba, hasta una relación distinta con el silencio, y con la palabra que me liga a los otros. Aquello que fue el sostén libidinal de mi relación al Otro y los reflujos del inconciente, continúan su trayecto. La diferencia es que hoy me las arreglo para ponerle mis palabras a su murmullo.
No hablaré de lo que fue la experiencia del análisis y del pase, sino de cómo se reordenó para mi, ya tan afuera del análisis, la relación a la práctica. Me referiré también a la salida de la transferencia, al estatuto del Otro y la posición del analista a la salida.

2. La práctica puesta en cuestión
El final tuvo el paradojal efecto de poner en cuestión lo que hacía en la práctica y me hizo cuestionar porqué estaba ahí, ocupando ese lugar. Es decir que tuvo efectos en como me ajustaba a la posición analítica. Se suponía que justo ese momento era el pasaje de la posición analizante al analista y que entonces se desplegaría fulgurante el deseo del analista, al menos es lo que parece prometer Lacan . Pero…, ¡sorpresa! no me resultó tan sencillo. Las determinaciones de mi historia habían contribuido para que me ubicara cómodamente allí y eso era algo asegurado para mi. Sin embargo y para decirlo con simpleza, para mi asombro eso no me causaba más nada, como cuando una intensa pasión se termina.
La cura que como sujeto había inventado para la castración,la propia y ladel Otro, era llenar el agujero del Otro con el sínthoma. Me había convertido primero en un buen psicoterapeuta a fuerza de alentar al Otro para evitar su derrrumbe, lo que me era familiar, por así decirlo. Para eso el fantasma de alentar al Otro cumplía su función secreta a la perfección. Luego, la formación analítica y el propio análisis orientaron y moderaron ese falso altruismo, detrás del cual se satisfacía la pulsión invocante, que no tenía en cuenta al Otro.
Esa pérdida de interés era un brusco repliegue libidinal. Era lógico, pero perturbador. Se requirió un tiempo para que el nuevo anudamiento sintomático que vino a ocupar el lugar del jouissence del fantasma, ofreciera su propio estilo al lazo ahora renovado. Y no sobrevino allí ningún descubrimiento sorprendente, era algo simple : solo quedaba por aceptar que en eso no tenía elección, que estar allí era ya para mi algo inevitable.
En la formación analítica, como en el análisis puede haber relámpagos de formación, pero lo que es seguro es que no hay formación analítica relámpago, ni formación definitiva . Si tenían esa ilusión, lo siento, pero no es así, no hay nunca nada asegurado del todo en ese terreno. La formación del analista no termina ni con el final del análisis, ni con el pase.
Escribí en aquellos días una ponencia para la Jornada de la EOL de ese año sobre "la neutralidad analítica". Esa ponencia se resume en una pregunta dirigida a los analistas y que me concernía profundamente en ese momento: ¿sabe ud con que fantasma analiza? . Yo al fin lo sabía y sacarme eso de encima perturbó mi lugar en ese sillón, aunque ya más separado del prisma y la seguridad del fantasma, uno está más cerca de lo que el acto analítico requiere. Para analizar hay que estar un poco desidentificado, y también un poco a distancia de los propios fantasmas. Es la precisión que Lacan hace sobre Abraham, sobre su deseo de ser una madre nutricia para sus pacientes. La formación analítica supone también reconocer y desprenderse un poco al menos de esas raíces del deseo del analista que se hunden en la neurosis de cada uno.
Yo he dicho lo mio… ¿y uds, con qué fantasma analizan a sus pacientes?
En el comienzo del Semianrio XVI[1], J.Lacan formula la pregunta : ¿a qué satisfacción responde el saber?. Si se mira bien, detrás de la pregunta hay una afirmación: el saber responde-sirve a la satisfacción. Eso implica que no solo hay un programa del saber, que es lo que se obtiene por el desciframiento del inconciente, hay también un programa del goce, al que el saber inconciente sirve. Es lo que análisis debe permitir escribir , tal como lo plantea J.A.Miller en Mycoplasma Laboratorium.
Podría decir del trayecto de mi análisis que – y seguramente como el trayecto de cualquier análisis- fue del inconciente al programa del goce y al sínthome. De las determinaciones familiares a lo singular del sinthome…en mi caso, de aquella mortificación del huérfano a quien los ecos de su nombre amarraban a la muerte y que clamaba mudo por un Otro; a la singularidad de un soplo, de un aliento que se renueva. En mi caso "soplo" nombra esa singularidad. Esa ha sido mi manera de hacer existir al Otro, y de conjurar lo innombrable que se aloja entre el goce y el cuerpo. El análisis me permitió, puedo decirlo hoy, situar a qué satisfacción servía el saber inconciente y, ahora, sin que eso me trague como antaño, hacer con eso algo distinto. Cuando el "soplo" pierde sus significaciones y se reduce al sinthome, escribe lo innombrable del sexo, del amor y de la muerte. Eso resta cuando toda significación cae.
De las resonancias de esos significantes me alejo ahora lo más rápido que puedo. Aunque no siempre soy lo suficientemente rápido para lograrlo.

3. El análisis es una experiencia de separación
En el momento del pase clínico se ciñe un real y se hace la experiencia de que el Otro es un semblante. Pero eso, que no es en el fondo otra cosa que la reducción de la transferencia, no se hace de un golpe, aunque a veces es un golpe lo que nos produce su evidencia.
Puede decirse que la experiencia del análisis es una experiencia de separación y que la transferencia analítica es un baile de máscaras con el Otro que no existe. El franqueamiento de la transferencia paterna, la destitución del Sujeto supuesto Saber, la extracción del objeto de su encarnadura en la presencia del analista, son momentos decisivos donde se ordenan la caídas sucesivas de las soluciones neuróticas. Finalmente, la separación del analista se produce solo cuando el sujeto puede llevarse consigo eso que depositó, para su propia satisfacción, en el Otro de la transferencia. Cuando de ese agalma ya solo ha quedado su cara de plus de gozar, uno se va y no vuelve, o vuelve de visita, como contaré más adelante.
Al fin de cuentas pude decirse que tras los velos de la verdad y la mentira, tras las celadas de la demanda de ser y de saber, tras el amor, el sujeto desde el inicio del análisis, y aunque no lo supiera, fue a buscar en el Otro de la transferencia una velada satisfacción y una manera de soportar lo real, del modo singular en que lo real se presentaba para él. Y en un sentido preciso se puede decir que un análisis es también la forma en que se escriben los medios por los que el sujeto se las ha arreglado para construir, en mi caso para inflar, al Otro. Tanto el fantasma "ser el soplo que le falta al Padre" como el sintoma reducido a un signo, a una coma, a un intervalo, a una pausa, a una inspiración, dan cuenta de esa singularidad. Uno parte del enredo del amor al Otro del que se espera obtener algo sobre la verdad del propio deseo, para confrontarse a que de lo que se trata al final, es de soportar mientras se pueda, sin el Otro de la transferencia, la certeza de lo real en las contingencias de la vida.
Ese camino de separación supone un progresivo eclipse del SSS , pero también una desinvestidura libidinal que no tiene nada que ver con el amor, ni con el odio, ni con el saber; sino con la extracción del objeto que el analizante dejó en manos del Otro durante tanto tiempo. En ese movimiento, y sostenido por la transferencia, el sujeto avanza hacia un nucleo en el saber que es inasible, un agujero en el saber. Pero no avanza solo.
Del lado del analista ¿es que su posición se modifica en ese borde donde saber, sentido y goce se desanudan y reanudan de manera singular para el analizante? Puedo decir que me fue evidente a partir de un momento preciso, que el analista acompañaba ese camino de destitución con sus intervenciones, sutiles unas, bruscas otras, que hacían presente la enorme ausencia que yo tenía que afrontar y a la que me negaba entonces a hacer frente. Interpretaciones, actos, cortes, llámenlas como quieran; aparecían allí donde aún mi enunciación mostraba que la decisión del final estába en manos del analista. No las relataré ya que he hablado de eso en otros testimonios, solo quiero situar la lógica de ese momento: ambos estábamos al borde del mismo agujero, es decir al borde del agujero en el saber, se podía avanzar o retroceder, pero eso dependía enteramente de mi, cosa que entendí poco después, cuando terminé de aceptar ese imposible. El acto del analista fue solo, pero de manera radical, no satisfacer al analizante en su demanda pulsional que quería seguir dando allí sus vueltas interminables. Fue solo, pero radicalmente, no avivar el fuego casi extinguido del sentido; fue radicalmente no hacer presente ninguna demanda.
Para que el sujeto se confronte entonces a esa agujero en el saber que el propio movimiento del análisis ha fomentado y producido, para que perciba que él mismo ha cavado ese agujero en el Otro, el analista debe destituirse del lugar de SSS que le ha sido asignado por la transferencia simbólica para, por así decirlo, concluir la obra de que el analizante se reconozca en lo que es, que se coma su propio dassein. Mientras el sujeto quiere hasta el final hacerse representar, el deseo del analista lo debe confrontar al lugar del vacío de representación.
Es el límite de cierta dimensión de la transferencia ligada tanto al Sujeto supuesto Saber, como al analista como semblante del objeto. Ahí lo que está en juego es el deser del analista. Y eso, no es una maniobra técnica. No se trata ahí solo de un saber-hacer del analista. Se trata a mi juicio de la propia relación al agujero en el saber que cada analista haya obtenido en su propio análisis y con lo que él haya sabido hacer con su propio sinthome.
Ocupar el lugar vacío del saber no es el problema, ya que la estructura misma de la cuestión es que el analista ocupe en la transferencia ese lugar con el semblante. La cuestión crucial es que también debe salir de allí. J.Lacan decía que eso era lo que le correspondía hacer. Lo decía de este modo: "Por aquello que el psicoanalista dejó obtener al analizante del SSS, a él le corresponde perder allí el agalma" (en Ornicar? n°1).
Es el momento en que el vacío del sujeto se topa con que el Otro, el analista, se ha prestado para que el circuito pulsional hiciera su vuelta, encubierto por el circuito de la palabra. Eric Laurent lo ha comentado a propósito de uno de mis primeros testimonios[2], como el analista "ventosa". Es el colmo del analista destituído, que es correlativo de la inexistencia del Otro y que abre el camino de la separación.
Ese es el nuevo arreglo que determina la relación a la práctica analítica a la que me referí hace un rato. Eso da lugar al paradojal "encuentro" entre la destitución subjetiva del lado del analizante y el deser del analista. En otro testimonio[3], en Belo Horizonte, lo situé como el encuentro entre dos vacíos, aunque no había visto en ese momento como ahora , la manera en que eso se relacionaba a la práctica y al deseo del analista.
¿Y entonces que queda? queda lo que le dije al analista en la última sesión: que había podido reconocer, detrás del huérfano que clamaba por el Otro -es decir detrás de la transferencia paterna- que el circuito pulsional retenía al Otro para soplar en su agujero, es decir para obtener una satisfacción que aseguraban el ser y el goce. Había entrado y permanecido en el análisis de ese modo, y debía reconocer que finalmente no se trataba de ni soledad ni de orfandad, sino simplemente de estar separado.
Ese desprendimiento es el nombre de una posición que se sostiene aún : desprendido del Otro , pero ligado. Lo que queda de la transferencia es un lazo inquebrantable con un otro ya extraño, otro .
Un año después del final fui a visitarlo solo para dejarle un obsequio: una antigua máscara de piedra de los aborígenes del noroeste de nuestro país. Solo al entregársela percibí -y pienso que él también lo percibió aunque nunca lo sabré- que se trataba de un rostro que sopla en el vacío. El había sabido alojar esa piedra, ya prehistórica; yo me fui con mi soplo. Y sigo.

 

 
N O T A S
1- Lacan,Jacques, El Seminario Libro 16 De otro al otro (19 - 19 )Buenos Aires, Paidos, 2007.
2- Tarrab,Mauricio, La identificación no es el destino, en Patologías de la Identficación 7, Buenos Aires, EOL-Grama, 2007.
3- Tarrab,Mauricio, Entre el relámpago y la escritura, en Revista Lacaniana de Psicoanálisis n°7, Buenos Aires, EOL 2008.